domingo, 10 de abril de 2016

La conjura

                                    La  conjura

En pijama y chancletas, despeinado, barbudo. Así estaba la primera vez que lo vi, una mañana, en la puerta de la casa de al lado, la casa del médico. Se desperezó y dudó un poco; al fin recogió el tacho de basura que estaba junto al cordón de la vereda y se metió adentro silbando. Me quedé mirando al nuevo vecino pues llamaba la atención en él, más que la mala traza y aún más que su horrible fealdad, cierto gesto despectivo, arrogante, cierta suciedad de su mirada, que jamás se le caía de la cara. Como si nada fuera bueno para él y como si ese fuera un sentimiento que le partiera de muy adentro, para fluir al exterior atravesando una epidermis roñosa.
Su silbido merece ser tratado aparte. Cuando lo escuché aquella mañana me hizo estremecer. Era un ruido chirriante que no imitaba ni buscaba ninguna melodía y que lanzaba sin porqué, ni alegría ni pena, pero que siempre lo tenía ahí, entre los labios fruncidos.
Mi madre, que nunca sale para nada de casa y apenas si se asoma al balcón –y esto durante el verano y al atardecer- lo sabía todo. La viuda del médico ya estaba acompañada por su sobrino y su familia, con lo que se terminaba su aislamiento. En los últimos años de la vida del doctor no se admitieron más allí ni visitas ni pacientes. El corazón y los nervios del paciente imponían allí el silencio y la oscuridad. Y murió cuando un repartidor de leche voceó estentóreamente su mercadería en el zaguán de la casa.
Al quedar la viuda sola en el caserón, poco a poco se fue abriendo a algunos parientes y vecinos, hasta que apareció el del silbido. Con el pretexto de acompañarla le fue dejando un día a su suegra, otro a su mujer y a los chicos y al final todos se quedaron allí, a vivir con ella.
-Son también de Caballito –completó mi madre sin dejar de desmadejar el ovillo de lana- pero del lado sur.
Los métodos que emplea mi madre para saberlo todo sin moverse de casa, jamás podré conocerlos, pero la seguridad natural con que se expresa jamás deja dudas.
La segunda vez que vi y oí a este hombre yo estaba sobre la medianera, abrazado al tanque y tratando de determinar por qué el agua no llegaba hasta allí. Sentí unos gritos: él (si, qué otro), con diabólica minuciosidad, en medio del patio, aporreaba a su mujer. Si la tenía de frente, cachetadas en la cara; si le daba la espalda, puntapiés en el trasero; si se caía, golpes en las costillas. La suegra lo miraba atónita y los chicos aterrorizados.
Cuando terminó de golpearla se asentó el pelo grasiento y mientras se introducía en una habitación alcancé a oír que dijo, sin mayor emoción en la voz: -Y otra vez no te me vistas así ni me tardés dos horas para ir al súper.
Al rato nomás, ya estaba oyendo de nuevo su silbido.
Desde entonces me preocupé por el destino de la viuda del médico. La imaginé secuestrada por aquel rufián y fueron varias las veces que, con un pretexto u otro, me encaramé al techo de casa para tratar de confirmar mis sospechas.
Pero fue otra vez mi madre, al cabo de no sé cuántas trepadas infructuosas, la que me dijo que la pobre mujer no salía de su cuarto, apenas si se levantaba de la cama y dependía para todo de esta gente.
-¿Entonces –pregunté- la tienen secuestrada?
Mi madre detuvo el andar de su mecedora, dudó un poco –tal vez consultara a sus informantes ocultos y finalmente me dijo: enferma, tal vez próxima a morir.
Una madrugada, a las dos o a las tres, escuchamos el teléfono. Lo atendí casi dormido y alcancé a percibir un hilo de voz, que se individualizaba como de la vecina, esto es, la viuda del médico, y que reclamaba ayuda. Un abogado, la policía, decía la voz, porque tenía la sospecha de que la estaban envenenando. Sólo eso y después cortó.
Al día siguiente consulté a mi padre. No te metás, me dijo. La vieja puede estar loca o tal vez no fue ella la que llamó y se trata de una broma. O, si fuera verdad, te metés y es para peor.
El consejo paterno me pareció muy racional, pero no me agradó. Y todavía menos cuando a la madrugada siguiente el llamado se repitió y así siguió a lo largo de la semana.
Consulté entonces a un abogado amigo y me indicó el único camino posible: hacer la denuncia a la policía. Cuando me padre se enteró quiso echarme de casa, pero ya estaba hecho. Un tarde vimos cómo el patrullero de la 11ª se detenía frente a la puerta vecina, bajaban del auto dos policías y llamaban tocando el timbre y dando palmadas. Abrió el monstruo, hubo un breve cabildeo y al fin entraron los tres a la casa. Al rato –un rato interminable y lleno de suspenso- se abrió la puerta, salieron todos, hubo sonrisas, evidentes disculpas de las fuerzas del orden y al fin el auto y los policías se marcharon. El monstruo levantó levemente la mano para despedirlos y luego, mientras emitía un chirrido, lanzó una significativa mirada hacia nuestra casa.
Nos encerramos con miedo, esperando lo peor. A la madrugada me desperté aterrorizado. El teléfono nos estaba llamando. La misma voz, débil, lejana, que imploraba ayuda. –Pero si le mandé la policía –le dije y me contestó: Si, pero estaban todos y tuve miedo. Por favor…
Ocurrió que el vecino había interceptado a mi padre al llegar a casa. Y poniéndole delante su facha horrorosa, le recordó con sin igual procacidad a su madre, a su mujer y, sobre todo, a su hijo; le prometió golpearlo en cualquier momento y lo amenazó por último con matarlo si volvía a hacer una denuncia a la policía.
Mi primer impulso fue correr hasta lo del vecino y pegarle cuatro tiros. Pero no fue sólo el sano consejo de mi padre, ya calmado, al que se sumó el ruego de mi madre, lo que me detuvo, sino la ausencia total de armas en casa, tan inocente era nuestra existencia por entonces.
-Olvidate –dijo mi padre y me ofreció vino y queso.
-Olviden –aconsejó también mi madre, mientras servía papas fritas en los platos.
Desde entonces me aposté hasta tres y hasta cuatro veces por día sobre el techo de casa, para observar la vida en la casa vecina. No sé aún qué pretendía. Pero al tiempo tuve un dulce objetivo: deleitarme mirando a la mujer del monstruo pasearse por el patio en paños muy menores, salir del baño todavía secándose y cambiarse de ropa con la puerta del dormitorio abierta.
Pero también observaba a los demás miembros de la casa. Toda la tarea del monstruo en ella parecía limitarse al recorrido interminable y moroso del patio, las piezas y la cocina. Era como esos gatos a los que nunca les resulta suficientemente cómodo el lugar en que se encuentran e iba de un sillón a otro, mascaba pan, tomaba mate, insultaba al que pasaba en ese momento por donde él estaba –con un insulto corto, seco- o le daba un manotazo en las nalgas a la mujer, que ésta recibía con indiferencia. Intuí lo que significaba todo eso: él, simplemente, estaba esperando, vivía en esa actitud, aguaitando un desenlace del que estaba seguro, que le pertenecía, pero que se demoraba tal vez más de lo que sus nervios lo permitían.
Y conocí a la suegra, infeliz, achicada, yendo también de aquí para allá, llevando esto o aquello, tendiendo ropa, lavando el patio. Pero a horas fijas, que a veces el yerno le recordaba de mal modo, iba a la cocina y volvía de allí con un vaso de agua en una mano y un pequeño sobre blanco en la otra, que llevaba hasta una de las habitaciones. Luego la veía salir, ya sin el sobre y con el vaso vacío. El yerno la interrogaba con la mirada; ella asentía y volvía callada a sus ocupaciones.
Si la insatisfacción sexual era motivo importante en los adulterios de la mujer del monstruo, no le iba en zaga su afán de que la escucharan. Hablaba en todo momento, aún en aquellos en los que parece que las palabras están de más. Así, di por sentado que muy pronto me iba a enterar de lo que pasaba en esa casa. Y en ese convencimiento y aunque tuve múltiples oportunidades de hacerlo, no me di ninguna prisa por interrogarla. Lo que pasaba, debo admitirlo, es que aquella mujer como amante representaba algo así como la enciclopedia del amor y temí que, sabida la verdad, no tuviese ya pretextos para seguir saliendo con ella.
Pero como el tiempo pasaba, mi salud y mis fondos se resentían y mi conciencia ya se resistía a seguir siendo mi cómplice, me decidí a atacar. Elegí un momento que me pareció propicio. Sentada a los pies de la cama, un bombón interrumpía su ya largo y conocido monólogo, ya que no hacía más que despotricar contra su marido. –Che –le dije entonces, aprovechando la pausa- hace mucho que no veo a la tía de tu marido. ¿Sigue enferma, la tienen secuestrada o qué le pasa?
Ella no demostró que la impresionara en lo más mínimo mi pregunta. Se encogió de hombros y mientras buscaba otro bombón en la caja, me dijo simplemente que ella tampoco la veía nunca. –Mamá y mi marido–siguió mientras le daba un mordisco al bombón- se ocupan de ella. Yo ya tengo suficiente con los chicos, ¿no te parece?, para cargar todavía con la vieja. Me levanto a la mañana, les hago el desayuno, los preparo para la escuela, después me voy a hacer las compras…  
Me dormí escuchándola. Días después yo volvía a mi apostadero y ella a su amante del mercadito chino. Entonces empecé a ocuparme de la suegra. Estuve días aguardando la oportunidad de encontrarla sola en el patio para poder hablarle, ya que jamás salía a la calle si no era en compañía de su familia. Esa situación se dio, precisamente, cuando hacía uno de sus viajes diarios con el vaso y la pastilla. La chisté una, dos, tres veces, cada vez más fuerte y con más miedo. Al fin miró hacia arriba y reparó en mi, pero se asustó de tal manera que se le derramó el agua. Era evidente que iba a echar a correr; quise evitarlo, pero fui tan torpe que sólo atiné a gritarle: ¿Qué lleva allí? ¿Veneno? No tuve respuesta porque, despavorida, se perdió en una de las habitaciones.
Una vez por mes, más o menos, el monstruo se vestía de gente, metía a toda la familia en el viejo auto que perteneciera al doctor y los sacaba a pasear por un par de horas. Esa era la ocasión que un tipo con agallas podía aprovechar para deslizarse hasta la casa de al lado y develar de una vez por todas el misterio, interrogando directamente a la supuesta víctima.
Ese hombre con agallas no podía ser, lamentablemente, otro que yo. Y tuve que hacerlo. Al principio las cosas marcharon bien. Me afirmé en la soga que había atado al tanque, puse mis dos pies, bien abiertos, contra la medianera y me fui deslizando. Pero bien pronto sentí que la cuerda me quemaba las manos y que no podría aguantar más. Aguanté lo que pude y faltando no menos de dos metros me dejé caer. Tuve suerte de no quebrarme una pierna, pero la consiguiente sensación de alivio duró poco. Cuando, sentado en el patio, aprecié la distancia que me separaba de mi divisadero, me di cuenta de que nunca más podría subir por allí.
Con esa certeza desagradable pesándome en el ánimo inicié mi tarea: tenté cada uno de los picaportes de las habitaciones que daban al patio. Tras el primero que cedió me hallé con la anciana viuda del médico.
La mujer estaba acostada ocupando apenas un pedacito de la vieja cama matrimonial; la cabeza, casi calva, hundida en la enorme almohada; pálida, como sólo pueden estarlo los muertos; los ojos cerrados y un leve murmullo al respirar; las manos, casi transparentes y muy arrugadas, sobre las sábanas blanquísimas.
El ambiente era pulcro y sereno, dominado por el olor del alcanfor. Un velador, de pantalla de pergamino, alumbraba levemente el rostro de la enferma y sobe la mesa de luz había también un vaso, un frasco con pastillas y un misal. Me acerqué para ver de qué pastillas se trataba y aunque la etiqueta denunciaba un remedio para el corazón, me guardé una con el propósito de hacerla analizar vaya a saber dónde, ya que no conocía a ningún farmacéutico.
Junté mi rostro al de la anciana y la llamé. Como no diera muestras de haberme oído repetí el llamado, ahora más fuerte. Ni parpadeó. Comencé a ponerme nervioso. Algo me decía que debía apurar la partida y el recuerdo de que debería hacerlo por el frente me sacaba de quicio. Primero me resistí, pero al fin debí sacudirla hasta llegar a hacerlo vigorosamente, urgido por el miedo. Esta está muerta en vida, concluí desconsolado y la dejé caer. La cabeza le quedó ladeada y la boca entreabierta; parecía un pelele de trapo.
Quedé un rato clavado allí, razonando desesperado sobre lo inútil de la aventura, cuando un ruido, característico, oído muchas veces durante mi infancia, me aterrorizó. Era el trepidar inconfundible del motor del auto del médico entrando al garaje.
Salí al patio presa de pánico. Una, dos, diez veces intenté escalar la pared tomándome de la soga y otras tantas caí al suelo sin haber logrado elevarme más de un metro. Y cuando el ruido de pasos y de voces me indicó que ya los tenía sobre mí, como último recurso me tiré detrás de una maceta y allí aguardé, hecho una pelota, los ojos cerrados y los brazos sobre la cabeza, resignado a que ocurriera la voluntad de Dios.
Lo sentí recorrer el patio, entrar a las habitaciones, encender las luces, charlar, abrir una canilla; oí también su silbido, el silbido del monstruo, sin emoción, irritante y el parlotear mejicano de la TV, aparentemente encendida por los chicos; el tarareo de una canción de moda por la mujer joven y el parloteo con las ollas de la vieja.
Al fin, me atreví a levantar la cabeza y espiar. El hombre, ya en piyama, estaba en la puerta de una de las habitaciones mirando hacia el patio y fumando. Se adelantó unos pasos, como si quisiera cerciorarse de algo y luego, de pronto, se metió adentro. Adiviné lo que pasaba: había visto la soga. De un salto me incorporé, crucé el patio como una exhalación y sin tiempo para pensarlo salí decidido a buscar la puerta del garaje para encontrar –Dios me había oído- que estaba abierta. Un par de segundos después, entrando ya a casa, sentí el estampido inconfundible de un tiro.
Arrastrándome por el techo me asomé ligeramente sobre la medianera. Allí, abajo, estaba el monstruo mirándome sereno; empuñaba en su derecha un revólver y con su izquierda sostenía la soga. Lo rodeaba toda la familia, asustada y mirando, como él, hacia donde yo estaba.
-Recogela –me ordenó. Y luego agregó, seguro: La próxima vez no te voy a errar.
Le obedecí sin chistar y abdiqué de mis propósitos con la convicción de que sería para siempre.
Días después moría la viuda del médico. Solo advertimos unos pocos visitantes y las puertas de la casa se cerraron temprano. Al día siguiente, sin más cortejo que el viejo auto del doctor conducido por un sobrino, la anciana partió hacia el cementerio.
En casa apenas comentamos el hecho pero, aunque no queríamos confesarlo, nos invadía cierta sensación de alivio.
-Lo pasado, pisado –dijo mi padre mientras cenábamos y sin que hubiera mediado diálogo alguno. Pero la conversación debió haber transcurrido dentro de cada uno, porque mamá y yo asentimos sin más.
Pero no sé a qué hora, comencé a soñar apurado. Cascabeles, matracas, sirenas, unos monstruos horribles me los sacudían inclementes junto a los oídos. Y era en vano tratar de espantarlos, pues volvían y hasta mi propio padre se sumó a ellos.
-¿Pero no sentís el teléfono? ¿Estás sordo?
No sé cuánto tardé en distinguir la realidad del sueño: sólo sé que cuando llegué hasta el teléfono mi madre ya lo había atendido y estaba charlando con su tono más calmo.
-Pero si señora –decía- no se preocupe, nosotros la ayudaremos. Vaya, vaya, duerma nomás, tranquilícese. Vaya, vaya…
La pregunta se imponía. Sólo que no pude hacerla sino tartamudeando de miedo: ¿Pero con quién hablás ahora, mamá, si se ha muerto?
-¿Quién se ha muerto? –me respondió con calma irritante.
-¿Cómo quien? ¿Acaso no se ha muerto la que llamaba siempre a estas horas, la viuda del médico?
-Pero si no era ella la que llamaba. ¿No sabías que era la suegra del vecino? Con vos hablaba a veces a la madrugada y conmigo todas las tardes. Pobre mujer, me parece que está trastornada.
-Entonces, mamá –pretendí aclarar definitivamente- vos sabías que no era la viuda la que llamaba por las madrugadas.
-¿Cómo iba a ser ella –me respondió mamá con su habitual simpleza- si estaba en tal estado que no podía levantarse de la cama y el teléfono lo tuvieron siempre en el vestíbulo?
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Habíamos terminado de comer y una dulce languidez nos invadía. Mi padre, apenas levantadas las cosas de la mesa, se había puesto a llenar de números las páginas de un cuaderno; mamá, en la cocina, sumaba al ruido del agua y de los platos su voz cantarina tarareando un vals, siempre el mismo vals. Los llamados hacía rato que se habían interrumpido, empezaba una nueva primavera y mi hogar era en ese momento la imagen de la paz al alcance del hombre. Yo entrecerraba los ojos y sentía que me invadía un dulce vaho sensual. La vecina, a la que en el entresueño conseguía recrear callada, se me acercaba provocativa.
-Voy a estudiar –mentí y me dirigí subrepticio hasta el techo. La fortuna me sonrió.  No habría esperado ni diez minutos cuando ella, en transparente camisón, salió de la cocina y atravesó el patio. Arriesgué mi cabeza por sobre la medianera con el propósito de chistarla y proponerle otra cita, pero todo quedó en mueca: es que advertí que ella, seria, como cumpliendo un rito, avanzaba con un vaso de agua en una mano y una pastilla blanca en la otra.
Al rato, febril, me hallé buscando otro sello en unos pantalones viejos: el que había recogido de la mesa de luz de la vieja vecina. Media hora después estaba en el laboratorio de la Facultad haciendo analizar esa pastilla. Y aunque dio como resultado que era nomás, un remedio cardíaco, resolví, allí mismo, sin más reflexión, investigar hasta el fin.
Comencé mi investigación coimeando a un infeliz empleado municipal –así debía ser para tentarse con lo poco que yo podía darle- de modo de conseguir el nombre del médico que había extendido el certificado de defunción de mi vecina. Ese debía ser, según mi deducción, uno de los eslabones de la organización que seguramente lideraba mi ahora vecino, el monstruo.
Era un médico de venéreas de Villa Urquiza. Y mientras aguardaba en la sala de espera, fría, sola, sucia, poblada de trastos viejos y con las paredes adornadas con viejas tapas de Para Ti, me fui poniendo nervioso. Pero cuando abrió la puerta perdí el poco dominio que aún tenía sobre mis nervios. Allí estaba, casi tal cual, con su cara hecha a pellizcos y mordiscones, sus ojos turbios y su gesto arrogante, mi vecino, aunque en lugar de pijama a rayas usara un delantal salpicado de sangre y linfa.
No me dijo “pase”, como es corriente, sino “qué quiere”, como si nunca atendiera allí a nadie. Balbucee la palabra “purgación” porque fue la primera que se me ocurrió y entonces debí bajarme los pantalones delante de él, someterme a un humillante manoseo, pasar por idiota porque no me encontró nada y finalmente pagarle para que me dejara ir.
Mi único instante de lucidez lo tuve al despedirme, cuando le dije: -Usted me recuerda a un amigo. Y cité el nombre de mi vecino. Me pareció que cambiaba de color, que las manchas violáceas se le tornaban púrpuras y que le corría un brillo maligno por los ojos. Su reacción no me asombró: de un empujón me sacó del consultorio y cerró de un portazo.
Por un amigo que trabaja en el Registro de la Propiedad conseguí el nombre del escribano que hiciera la escritura de la casa vecina y que, según yo lo presumía, debía ser trampeada. Esta vez tomé primero una pastilla tranquilizante y así fue como llegué casi sin nervios hasta el primer piso de la Galería Güemes. Allí, cerca de una de las ventanas que miran al pasaje, rota y entreabierta, en el cruce de unos pasillos por los que parece que jamás pasara una escoba, tenía su guarida mi segundo hombre. Una oficina lúgubre, alumbrada por una única lamparita que pendía penosamente de un cable, asilo de incontables moscas, y en la que todo el amueblamiento eran un escritorio, dos sillas desvencijadas y un armario torcido.
Cuando estuve cerca de él y pude verle la cara mi corazón brincó, pero de gozo. Era horrible, tenía los estigmas familiares, el rostro absurdamente asimétrico y los dientes grandes y separados; su aliento hedía y de su nariz, llena de protuberancias, salían matas de pelos largos y negros.
Me miró desconfiado pero no me atendió mal. Parpadeó algo cuando le dije que me enviaba el vecino, pero nada más. Enseguida quiso saber detalles concretos de la operación y se los di.
-Esa tía –me preguntó- la dueña de la casa ¿ha testado a favor suyo?
-No –le respondí- y hay otros herederos.
-¿Entonces? –preguntó y se quedó mirándome.
-Hay que hacer –dije poniendo mi mejor cara de inocente- como hizo el vecino. Con el médico ya hablé, con el de Urquiza.
No hizo un gesto pero en su mirada adiviné que se contenía para no pegarme. Me mantuve quieto y aún agregué: Si hay que ver a un abogado dígame y voy. La cosa es quedarme con la propiedad y venderla.
Dudó segundos que conté como eternidades. Yo miraba sus manos, que temblaban y estrujaban papeles. No terminaba nunca de examinarme, pero al final abrió un cajón y al par que yo rogaba que no extrajera de allí un arma, vi con alivio que sacaba una tarjeta y me la alcanzaba. Era la dirección de un abogado de la calle Tucumán.
-Los ingenieros están enfrente –agregó.
Cuando me levanté para irme respondió a mis palabras de agradecimiento con un seco y amenazante “que sea verdad”. Salí loco de contento. Y cuando al asomarme al estudio de la calle Tucumán vi moverse, en un ambiente torvo, que despedía un olor hediondo, a media docena de monstruos solemnes y engominados, de caras manchadas y gestos vitaliciamente despectivos, rechinando números de leyes y artículos de la Constitución, comprendí que tenía la organización al descubierto. Y si alguna duda podía quedarme, se esfumó al echar un vistazo al estudio frontero, donde decenas de ingenieros y arquitectos, de mirada viscosa y belfo babeante, se aplicaban, sentados en altos taburetes y frente a mesas igualmente elevadas, a copiar y recopiar planos de viviendas.
La organización había sido descubierta. Sólo  cabía esperar el próximo golpe y denunciarlo. Revisen ese cuerpo, me oía decir. Hallarán vestigios de estricnina. Examinen esa escritura. Seguro que está viciada de nulidad. Revisen el juicio sucesorio. Los legítimos herederos han sido trampeados. Y vean por fin esos planos. Fueron hechos antes, mucho antes, de que la vieja muriera, lo que demuestra el ánimo delincuente de esta conjura.
Pero sucedió algo imprevisto. Mi padre se hallaba cepillando unas maderas en el fondo, cuando cayó redondo al suelo. Fue preciso llamar a una ambulancia, el médico diagnosticó infarto, pronosticó no menos de tres meses de cama y recomendó que dejara de trabajar. Yo debí iniciar por él los trámites de jubilación, suplantarlo en las contabilidades, dejar casi de estudiar y, naturalmente, abandonar, al menos por un tiempo, la persecución de los de al lado.
Una tarde que me hallaba escribiendo no se qué, mi madre, sin dejar de tejer ni de hamacarse, reflexionó en voz alta: Al fin el vecino no es tan malo. Preguntó por papá y lo hizo de corazón.
Me estremecí pero no dije nada para no preocuparla. Estaba seguro de que el monstruo, al tanto de mis pasos y de mis propósitos, se disponía a contraatacar aprovechando el momento de mayor debilidad de su enemigo.
Y a la madrugada, como hacía mucho tiempo que no ocurría, el teléfono volvió a sonar. Me sorprendió despierto. La voz era lejana y entrecortada y podía corresponder lo mismo a un viejo que a una vieja, a un enfermo debilitado por el mal que a un simple catarroso.
-Se han ido –fue lo primero que me dijo-. Me han dejado sola. Voy a volverme loca. La veo en sueños a la pobre viuda. Yo ayudé a matarla. La veo, ellos lo saben y por eso me dejan sola. Ahora quieren acabar conmigo. Venga, quiero confesar, estoy sola.
La voz se desvaneció, como si la mujer se hubiera desmayado y a pesar de que esperé un largo rato, del otro lado no colgaron el auricular.
Volví a mi cuarto, apagué la luz y me vestí a oscuras. Tomé una linterna y de ella me serví para recolectar todas las llaves de la casa.
Era una noche fría y no se veía a nadie por la calle. Una a una fui probando mis llaves en la cerradura de la puerta de ingreso a la casa del vecino. Lo hice minuciosamente, sin ruidos, sin importarme los minutos que pasaban y echando, de vez en cuando, un vistazo a las esquinas. Cuando el último e inútil forcejeo me indicó que fracasaba apelé, sin esperanza alguna, a la solución más simple: empuñé el picaporte, lo hice girar… ¡y la puerta se abrió!
Ante mi se abrió entonces un pasillo oscuro, largo y siniestro. Reinaba un silencio total, aunque es probable que se oyeran los latidos de mi corazón, que golpeaban fuerte. Nada vi ni sentí que revelara que aquella casa estaba habitada. Sólo un olor, un olor extraño, como a animal, a zoológico, que uní de inmediato a fiera en acecho. Por eso, sólo por ese detalle, opté por cerrar la puerta y volverme a casa. No habría caminado más que un par de pasos cuando un estrépito de vidrios rotos me sacudió. Luego lo supe: el monstruo, burlado, había dado un tremendo portazo.
Pocos días después el monstruo lanzó, como me lo temía, su segundo golpe, ahora contra mi padre. A la mañana siguiente inició un martilleo incesante sobre la medianera. Me asomé a mi observatorio y vi que un par de obreros, bajo la dirección del vecino, daban golpes de maza sobre el muro, abriendo grandes agujeros. No lo dudé ni un instante. Me dirigí a la oficina municipal y conseguí que le enviaran un inspector para detener la obra. Pero fue en vano porque el tipo demostró, exhibiendo el correspondiente permiso, que estaba en su derecho pues se proponía ampliar su vivienda.
En tanto mi padre, en casa, enloquecía a cada golpe. Y los golpes se sucedían sin cesar, desde la mañana, bien temprano, hasta el atardecer. Y aún después seguía el ruido pues el vecino, al que jamás viera trabajar antes de esto, arrastraba escombros y materiales de un lado a otro hasta la hora de dormir.
Cuando ya no se pudo más, porque veíamos que papá se moría, mamá y yo, de común acuerdo, decidimos transar. Ella (yo no tuve el coraje de acompañarla), fue a ver al vecino y logró que en nombre de la piedad, cesara la obra. Yo sentí una inmensa tristeza, un fuerte sentimiento de frustración y de impotencia, pero me consolé viéndolo revivir al viejo, oyéndolo cantar y volver al jardín a regar las plantas.
Al tiempo la suegra del monstruo murió y yo, sin poder contenerme, aproveché que en el fondo aún quedaba un agujero en la medianera para encararlo. Estaba como siempre, de piyama y chancletas, sin hacer nada salvo fumar.
Eh! –le grité-. A vos te hablo.
Y cuando se acercó, más por afán de matar el tiempo que porque le interesara lo que yo pudiera decirle, aproveché para desahogarme. Lo llamé asesino, degenerado, cornudo; le grité también que me había acostado con su mujer y que conocía muy bien su organización. Y hasta le di el nombre del escribano, del médico, de los abogados y de los ingenieros.
Por toda respuesta se agachó, recogió un ladrillo y antes de clausurar con él la comunicación me respondió sobrador, con un tono que me hizo erizar la piel: Tu casa me gusta. Es grande, tiene mucho fondo y a vos y a tu viejo los veo medio paliduchos.
Sin que nada lo hiciera prever, un día se mudaron. Mi madre ya sabía adónde se iban: a Caballito sur. A casa de una hermana de la suegra, vieja como de ochenta años.
-¿Te parece que volverán, mamá? –le pregunté, porque no sé cómo pero mi vieja siempre sabe todo. Sin embargo esta vez lo pensó un poco y al fin me respondió.
-Ellos no creo, pero los ingenieros si.
-Entonces papá…
Ella asintió, por lo que nos quedamos tristes, sumidos en negros pensamientos.
El día de la mudanza de los de al lado me asomé a la
 puerta para verlos partir. Cargaron todo en dos
 grandes camiones, subió la familia al viejo auto del

 médico y, con el monstruo al volante, de pijama y rancho, partieron. La mujer, sonriente, me hizo señas pícaras; los chicos, en el asiento de atrás, se revolcaban jugando quién sabe a qué. El, antes de que el auto doblara la esquina, me lanzó una mirada sobradora por el espejo retrovisor. Le hice un corte de manga. Esta gente –me dije entonces- va a terminar con todas las casas viejas de Caballito. 

domingo, 13 de marzo de 2016

el aurieli diez


Confieso, aunque eso denuncie mi edad, que yo, de pibe, jugué al aurieli diez. Nos encontrábamos algunos mocosos, uno de ellos tenía una pelota rayada de goma de veinte guitas y enseguida nacía la idea; “¿Jugamos un aurieli diez?”. Y tras el “si” inmediato de todos, nos dirigíamos a la cancha de Matos y nos trenzábamos en un picado que podía durar horas y terminar (si es que terminaba) 25 a 20.

Ahora bien, ¿de dónde venía eso de llamarle aurieli diez a lo que no era otra cosa que un fútbol entre mocosos? Pues del futbol entre los grandes. Porque en la calle Avellaneda, entre Acoyte (que entonces era de tierra) e Hidalgo, donde hoy se levanta un hospital, había un terreno despejado, con arcos sobre Acoyte y sobre Hidalgo, es decir con la extensión, casi, de una cancha de futbol profesional. En la que jugaban, de vez en cuando, equipos formados por tipos que lucían como los del fútbol de los domingos. Con camisetas iguales para los diez de cada equipo (los arqueros siempre usaron otra distinta), botines, medias y pantaloncito negro, como los que jugaban sábados y domingos por los puntos. Y hasta con un referí, armado de pito y hasta de autoridad. (Salvo que perjudicase a los locales, en cuyo caso lo fajaban).

Por entonces, los años 30, la cercanía con el futbol original, esto es el inglés, debe de haber sido muy importante. Es decir, no importaba que los partidos terminaran casi siempre a las piñas o que no terminaran; tampoco que el público, o sea nosotros, los del barrio, nos ubicáramos, de pie (ya que no había tribunas), lo más cerca posible de los que jugaban, aunque respetando, salvo en casos extremos, como la ejecución de un penal o que los protagonistas se hubieran agarrado a las trompadas y a las patadas, los límites fijados al campo de juego. (A mí, por ejemplo, me gustaba mirar los partidos junto a alguno de los arcos, y así fue hasta que un chutazo errado me dio en la cara y me tiró al suelo. A partir de entonces me ubiqué en otro lugar en el que corriera menos riesgos).

Y otro de los rasgos de aquella anglofilia, propia del futbol de entonces, se daba al comienzo de cada partido. Porque no era como hoy, que el referí pita y el partido arranca. Por entonces los 22 jugadores, previo al comienzo del match, se reunían en medio de la cancha. Y un jugador, supongo que el capitán de uno de los equipos, daba un paso adelante y preguntaba, en el más puro inglés: Already? Y los del otro respondían, gritando, como una sola voz: Yes! Y recién entonces arrancaba el partido que, no obstante el respeto de las formas clásicas de entonces, podía terminar a las piñas, en un alboroto o con el referí huyendo aterrado, seguido por una jauría de jugadores que pretendían asesinarlo de la peor manera.

Pues bien, de aquella ceremonia inicial, de aquel “already” al que se respondía invariablemente “yes”, nació y se mantuvo vaya a saber durante cuánto tiempo, ese otro nombre que los pibes de entonces daban al “fobal”, esto es, el de “aurieli diez”. Inocente interpretación fonética del “already - yes” que oían en las canchas del barrio. Y que ya murió, como ocurrió con los potreros urbanos, con los helados Laponia y con las pilchas de La Mondiale.
Hoy, el “aurieli diez” sólo suena como una voz nostálgica, remota, en el oído o vaya a saber dónde, de los tipos que hemos pasado los 80. Pero qué bien que suena.

miércoles, 24 de junio de 2015

Zannini

Circo criollo ¿UN VICE PARA GANAR O PARA PERDER? Ya se ha hablado y escrito a mares sobre las razones que habría tenido la Presidenta de los argentinos para imponerle como vice a Daniel Scioli, que se candidatea para la Presidencia, a su secretario legal y técnico, el simpático y ultrakirchnerista Carlos Zannini. Quien, se dice, obraría a su lado como una suerte de garantía de que el hoy gobernador de la provincia de Buenos Aires y mañana con altas probabilidades de llegar a ser el Presidente de todos los argentinos, no se apartará ni un centímetro del “relato”. Y por ende, exactamente de acá a cuatro años, le entregue otra vez a la Cristina, casi sin usar, el bastón de mando que hoy ella maneja con tanta gallardía. Lo que constituye un error y de los gruesos. En primer lugar porque es bien sabido que acá, el vice, tiene menos poder que el ordenanza que sirve el café en la Rosada. Y en segundo lugar porque ya lo intentaron con Mariotto en la provincia. Y hoy a éste, que parecía capaz de comerse los chicos crudos cuando empezó su mandato y por ende, en condiciones de embarrarle la cancha al gobernador, se lo ve más mansito que un dogo de peluche ; y en tercer lugar (pero en realidad en el primero o, por mejor decir, en el único), porque la designación de Zannini como vice de Scioli tiene, como propósito exclusivo, hacer que pierda. Y si es por paliza, mejor aún. Y las razones para que la Presi busque este resultado, aparentemente contrario a los intereses del FPV, son dos y de peso. Uno, que Scioli, una vez que agarre la manija, no va a querer soltarla hasta dentro de ocho años, por lo menos. Y para entonces la Señora, que aún luce más o menos juvenil, ya estará menos apta para ser nuevamente Presidenta de los argentinos que para reemplazar a Mirtha Legrand en los almuerzos. Y la segunda razón, acaso más importante que la primera, es que tal vez en los planes de Scioli no cuente la idea de la reelección inmediata, sino que, como en su momento el matrimonio K, ya mismo esté pensando en que lo suceda su peor es nada, esto es, Karina Rabollini. Rubia, bella, simpática, sensual, elegante, discreta y aún joven, esto es, con todos los ingredientes necesarios para resultarle insoportable a la Cristina. En consecuencia la misión encomendada a Zannini no es, ni por asomo, reforzar el impulso que ya tiene Scioli para alcanzar la Presidencia de la Nación sino, todo lo contrario, reventarle esa posibilidad, cosa que nunca jamás, llegue a poner sus posaderas en el sillón de Rivadavia. De modo que tampoco pueda hacerlo, como sospecha que lo intentará, la Rabollini cuatro años más tarde. Es decir cerrándole el camino no sólo a ella, sino, acaso también, a todos los kirchneritos que vienen detrás, lo que sería imperdonable. “Yo no creo –dijo muy serio el reo de la cortada de San Ignacio, mientras revolvía su café- en las teorías conspirativas. Ahora sólo falta que digan que la Presi le impuso a Zannini a Scioli, para que pierda. Si lo quería ver perder le pone a Aníbal Fernández y chau, candidato a la olla. ¿O no?” “¿Y a usted le gusta Zannini?” –quiso saber el de la mesa de al lado. El reo de la cortada lo pensó un rato y al fin dijo: “Mire maestro, la verdad, yo hubiera preferido a Viky Xipolitakis. Pero no creo, con lo bien que le va en el “Bailando”, que esta mina hubiera agarrado”.

domingo, 14 de junio de 2015

Circo criollo UNA VIDA ENVIDIABLE

Circo criollo UNA VIDA ENVIDIABLE Aníbal Fernández no por nada es Jefe de Gabinete. A quienes se consiste en vender anteojos de sol y baratijas. Es decir aquí, hoy, el que respondió como a él le gusta, con sólidas razones, con cifras irreprochables. Porque, en efecto, la pobreza en el país es menor a la de Alemania. Lo que está a la vista. Aunque es cierto, hay algunos tipos durmiendo en la calle, lo que parecería indicar que no tienen laburo. Pero más allá de que pueda tratarse de un montaje de la oposición (como otros tantos), es indudable que aquí (como no ocurre en Berlín y mucho menos en Munich), todo el mundo, si tiene ganas de hacerlo, trabaja. Y sinó que lo digan los trapitos, los manteros, los que limpian parabrisas en las esquinas, los que hacen juegos malabares en cualquier cruce de calles, los que venden sanguches en las veredas, los cartoneros… ¡Y ni qué hablar de los pungas, que viven como reyes! Si hasta los senegaleses, no bien ponen un pie en BiEi y sin haber aprendido todavía el idioma, ya cuentan con ese magnífico laburo que consiste en vender anteojos de sol y baratijas. Es decir aquí, hoy, el que quiere trabajar trabaja y la pasa bomba, incluso los pibitos que, en lugar de perder el tiempo en la escuela o pateando la redonda o la de trapo en algún baldío, deciden voluntaria y juiciosamente contribuir al bienestar familiar laburando ocho o diez horitas en algún tallercito, de esos que proveen de excelente material a La Salada y a las saladitas que luego se desplegarán por las veredas de la urbe. Con qué satisfacción, día pasados, desplegaron una bandera, la del “Sindicato de vendedores libres”, quienes habían tendido sus trapitos, juiciosamente colocados sobre papeles, en la vereda de Rivadavia y Avenida La Plata. Libres si, como los pajaritos, esto es, sin patrones, sin horario, sin obra social, sin jubilación, sin días feriados, sin nada en fin, más que lo que les pueda dejar la venta del día. Que deberá alcanzarles para comer, para pagar la pieza, para mandar los pibes al cole, para la tele, para el celular, para... “Y yo –masculló el reo de la cortada de San Ignacio, mirándolos con envidia a través de la ventana del café en el que estaba tomando un cortado-, como un gil, como un otario de cuarta, laburando durante más de 30 años, para no tener hoy más que una piojosa jubileta”. “Mire –le recordó el vecino de mesa- que hoy hay muchos que apoliyan en la vereda”. El reo lo miró un rato y luego agregó, con bronca: “Esa es otra puñalada que me da la vida. Yo nunca pude dormir en la calle. Lo más, en pleno verano, ¿vio?, tiraba el colchón en el patio, aunque la patrona me tirara la bronca. Pero apoliyar en la vereda debe ser lo máximo”. ¿O no, Aníbal?

martes, 28 de abril de 2015

Circo criollo UN DUO ESPECTACULAR

La Argentina es un país muy afortunado, ya que no sólo está viviendo un presente maravilloso sino que, a la hora de señalar figuras destacadas, de esas que lo tienen todo, carisma, simpatía, inteligencia, no tiene una sino dos realmente extraordinarias. Que se agregan, claro está, a las ya consagradas: la señora Presidenta y su hijo Máximo. Y aquellas no son otras que la vedette y bailarina Viky Xipolitaki (la griega) y el jefe de gabinete, Aníbal Fernández. Lo de Viky es maravilloso, aunque cabe tener en cuenta que a su talento lo ayuda también su bien trabajada figura que, vista de atrás, hasta podría calificarse de exuberante y pulposa. Pero lo del señor Fernández es aún mayor si se tiene en cuenta que nada lo ayuda: ni su porte, ni su lenguaje, ni su educación, ni su historia. Nada y, sin embargo, ha llegado a ser el Jefe de Gabinete de la Señora, así como Viky llegó al Bailando y la rompió. Sin embargo existen circunstancias, elaboradas por él mismo, que explican ese súbito empinamiento y la buena fama que se ha ganado en los medios oficiales donde, de ser uno más pasó, casi de un día para otro, a ser la figura, el irreemplazable, el tipo que todo lo puede. Y ese día no fue otro que el siguiente a la aparición del fiscal Nisman con un tiro en la cabeza. Porque cuando todo parecía reducirse a saber si había sido suicidio o asesinato (la Cristina se inclinó inicialmente por la primera de estas posibilidades) Aníbal, el más rápido de todos, el visionario, el que marca el camino, el que ve lo que va a pasar, no se detuvo en algo tan superficial como eso. Con sencillez, pero con una claridad digna del bronce o de participar, también él, del Bailando, dijo, luego de lamentar que el fiscal ya no estuviera entre nosotros, algo que nadie se había atrevido a decir hasta entonces. Pero que luego fue confirmado por quienes tendrían a su cargo la evaluación de lo que había dejado escrito el fiscal, Y que, para algunos malpensados, era el motivo que habían tenido para asesinarlo. Fernández, haciendo caso omiso de esas dramáticas circunstancias, que tan mal podían dejar al gobierno de la Señora dijo, así, simple pero rotundamente, como quien sabe de lo que habla, que el occiso, esto es, el doctor Nisman, debió haber estado borracho cuando escribió su lapidario informe sobre aquel viejo acuerdo con Irán y su vinculación con el atentado a la AMIA. Cuando el Aníbal dijo eso, era un ministro más del Gabinete de la Señora. En cambio hoy y no por casualidad, es el number one, ya que en tiempos tan tempranos como aquellos, cuando todo era barullo y hasta se temía que el deceso aún no bien explicado del fiscal y su despiadado informe, pudiesen poner en peligro al gobierno de la Señora, el Aníbal salió con su explicación ganadora y definitiva. Y desde entonces y seguramente no por casualidad, parece que ya importa menos si se mató o lo mataron. Lo verdaderamente importante es que el occiso debía estar en curda cuando escribió lo que escribió. ¡Si señor! Y por ende, vaya a saber en qué pasos andaría (minas, guita en el exterior, amistades non sanctas), cuando él mismo u otro (lo mismo da), optó u optaron por meterle el chumbo en la testa, aunque estuviera rodeado de custodios. Por eso y con toda razón, el Aníbal, un ministro más conocido por sus exabruptos que por sus aciertos, pasó a ser algo así como el Gardel del equipo de la Señora y el funcionario con mayores posibilidades futuras. Algo en lo que seguramente ni él mismo soñaba cuando se desempeñaba en su natal partido de Quilmes como intendente. Y mucho menos cuando debió huir del acoso de la Justicia escondido en el baúl de un auto. Pero así son las cosas en este país que, como se ve, está lleno de posibilidades, tanto para Viky Xipolitaki como para Aníbal Fernández. La primera por su físico espectacular y su desenfado inocente. Y el segundo porque no se dejó impresionar por la muerte del fiscal y fue directamente al grano, a lo que importa. Es decir, no es un gil, a él los muertos no lo asustan sino lo que dejaron escrito. El reo de la cortada de San Ignacio vació el pocillo de café, luego se tomó la ginebra de un sorbo (ese día seguramente había cobrado la jubileta) y, tras pensarlo un rato, le dijo al tipo que tenía al lado: “Maestro, qué tipo talentoso este Fernández. Y qué lástima que, cuando termine este gobierno, sólo le va a quedar la presidencia de Quilmes, que no va a salir campeón ni el día del arquero. Mire, si yo fuera Tinelli, ya lo estaría apalabrando para que fuera pareja de la Griega en el Bailando. Fija que esos dos, juntos, le llevan el reitin hasta quién sabe dónde”. El vecino de mesa, que estaba leyendo un diario, lo atajó, cuando el reo ya se había puesto la gorra y se preparaba para irse y le dijo: “Jefe, ¿vio lo que salió acá? La griega se muda a la torre Le Parc, donde apareció muerto el fiscal”. El reo detuvo por un momento su marcha hacia la salida del boliche y luego dijo: “Siga leyendo, maestro. Seguro que el que le salió de garante a la mina, fue Aníbal Fernández”.

viernes, 20 de marzo de 2015

Mi viejo

 MI VIEJO 

Ya conocieron a mi abuelo Pablo, a mi tía Clelia y a mi hermano Sergio. Es hora entonces de que también conozcan a mi padre, Pablo Della Costa (1884-1950), diplomático y poeta. Publicó varios libros, Versos 1915, Aquel lunar, Una vaga ausencia y otros. Y dejó, fechándolo en 1942, uno que no llegó a ver impreso y que tituló Misantropía. De este libro, no editado, les doy a conocer algunos poemas. LA RESPUESTA. Esta noche, alma mía / siento que es tarde ¡tarde!... cuando regreso a casa, malogrado mi día / como si el Sol ya nunca más debiera / recortarse en la sombra que pasa / muda… lasa… (¿Y si así fuera?...) Cruzo la calle que nunca / supo no estar neblinosa y desierta; marcho a lo largo, a lo largo de un muro / que se trunca / de súbito, sin ventana ni puerta, / ante un baldío oscuro; - y allí en el fondo / y desde el fondo, / junto a un brasero rojo / en el que guisa un comistrajo hediondo, / una bruja vieja me jita mal de ojo! / Paso temblando. Y tras de mi paso / irrumpe del hueco / un perro picazo, / que en el barro seco / rasguea el rastrero rumor de sus uñas, / como mil peligrosas garduñas; / un perro picazo / que al salir del hueco / era un perriquito y ahora es un perrazo / que llena la calle y el eco, / piedras y terrones / trae su hocico de baba fosforescente / hasta la pavura fluyente / de mis electrizados talones! / Atravieso la acera / frontera. / Llegando, en la tapia muy blanca diviso / un bulto acurrucado que se mueve indeciso / ante un resplandor raro, color de aluminio… / Mi cuita importuna / me arrastra pacato / y un cruel vaticinio / me espera; / de abajo hacia arriba, la cola de un gato / como una sierpe ante una / calavera--- / (¿Y si así fuera?) / ¡Abajo la vista! / Sugestión de las cosas del cielo / no hay quién la resista…/ Más vale ir mirando los yuyos del suelo, / tal un fabuloso herborista / que buscase la flor de sedante fragancia / propicia a estos nervios, que tengo / hechos unos trapos. / Pero me detengo. / ¡Oh repugnancia! / ¿no estaré pisando sapos, sapos, sapos?! /(Ah!... si esta fuese toda / la suspirada filosofía / del camino… / Si el pie que se enloda / ahondando la vía / que el burro cansino / pudrió con su estiércol y holló con su casco / no tuviera al regreso otra lumbre / que la incertidumbre…/ ¡ni otra excusa de andar, que la del asco!..) / ¡Tal fuese, por el Diablo!... Y que esos bultos / que allá en el vano de un portal ocultos / me acechan cautos, fuesen / temederos / bandoleros / que al encuentro me saliesen. / Y ellos, tres y yo, cuatro criminales… / la solución enfática / nos procurásemos de nuestros males: ¡los cuatro tiros de mi automática, / por las tres lamas de sus puñales! / Después de tanta alerta, / mi camino desierto / me llevará a mi puerta, / sin humillar a un vivo ni estrangular a un muerto./ ¡Cómo es cierto / que es trivial / el propio umbral, / si lo pasamos sin capricho / ni inquietud,/ como pasa natural / por la boca del nicho / el ataúd… / Bostezo. Juega la llave, / cede el cancel / gime el herraje reseco y cabe / la puerta negra, brilla un papel… ¡Ánima infiel, / de tu propia impaciencia desatentada y harta: / deshójate en albricias y tu penar concluya;/ Dios mío, es una carta, es una carta tuya!.. SOLEDAD Soy una sombra triste… / si obedeciera a mi alma, / yo iría en la alta noche, /  envuelto en negra capa / a espiar los fuegos fatuos / que de las viejas tumbas se levantan. Soy una sombra triste… /  al pie de una maldita / higuera centenaria / cavaría una fosa / con una rota lacerante espada. / Soy una sombra triste… / Si obedeciera a mi alma / dejaría en la fosa / mi corazón que sangra / y al nuevo sol, el mundo / vería sin asombro mi fantasma. / Soy una sombra triste / desde que tú me faltas… UN ENFERMO. Esa inquietud final que a usted le acosa / se llama, amigo, neurastenia ansiosa. / A uno le da por creerse interesante, / le afligen los ajenos pareceres, / vive en una autocrítica pedante / y toma muy en serio a las mujeres…./ Si aspira usted a preservar su vida / amigo, cambie de aire y de querida.  

lunes, 23 de febrero de 2015

GRACIAS FRANCIA, GRACIAS

  GRACIAS FRANCIA, GRACIAS  Alguna vez me pregunté, mientras me hacía la rata en el Rosedal, de dónde podría venir ese nombre para tan bella costumbre. Cuando ni las ratas ni los ratones y mucho menos las lauchas, podían incurrir en placer semejante, dada su vida ajena al estudio y al colegio. Y la respuesta la recibí en el cine, viendo una película francesa, allá por los años 50, vaya a saber en qué sala perdida del barrio. Jean Gabin, aquel gran actor francés, estaba, en aquella vieja ficción cuyo nombre no recuerdo, a las puertas del viejo mercado de Les Halles. Y fue entonces que, dirigiéndose a otro personaje (creo que a una bella mujer) dijo, refiriéndose a vaya a saber qué otro tipo que debía estar allí pero que no estaba, que éste se había raté (o sea piantado, escondido vaya a saber dónde).  Así fue que descubrí, en aquellos tempranos años, que el argot criollo no se compone solamente de palabras vulgares originadas en Italia o en España y que, mucho menos, responden sólo al ingenio local. Y, más adelante, hurgando en las cifras de aquellos años de fuerte inmigración, esto es, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, confirmé que italianos y españoles eran los que habían hecho punta, pero que terceros –aunque lejos de aquellos dos- se encontraban los franceses. Lo que explica, entre otras cosas, que Berthe Gardés, madre soltera, seducida, allá en Toulouse, por el hijo del patrón de la casa de planchado en la que trabajaba, hubiera decidido venirse para aquí, con su crío de tres años, Carlitos, poniendo así distancia con sus vecinos, que vaya a saber qué dirían de ella, aunque cabe imaginarlo. (Es bien sabido que la gente es mala y comenta). Lo que también se sabe de aquellos años de fuerte inmigración, esto es, entre 1880 y 1910, es que la mayoría de los emigrantes eran varones. Porque la idea de gran parte de ellos no era otra que conseguir un buen trabajo, ahorrar y volverse con aquellos pesos fuertes con que se pagaba por entonces en la Argentina, para continuar su vida en el terruño. Sabemos, por nuestros ancestros, que en la mayoría de los casos no fue así. Pero también sabemos que aquel alud de varones jóvenes y sin pareja, requerían de los servicios profesionales de mujeres que les dieran alivio sexual, cuando tuvieran suficientes billetes para pagar. Y también se sabe que muchas de esas casas (o quilombos, en el decir nativo), eran regenteados por franceses y francesas y que también lo eran muchas de sus pupilas, como bien lo marcan algunos tangos (Madame Ivonne, Francesita). En consecuencia qué hay de raro que muchas de las palabras usadas entonces, para referirse a las chicas o al mismo acto sexual, tengan aquel origen, como también lo tienen ciertos tangos. Ya que en algunos de esos lugares también se hacía música, hasta el punto de que allí, en los prostíbulos, nació –se dice- el dos por cuatro. Y algunas letras de aquellos lejanos tiempos parecen confirmarlo. Como aquella que decía: “Bartolo tenía una flauta, con un agujerito solo, y la madre le decía, tocá la flauta Bartolo”. En consecuencia es más que posible que el verbo con el que se designa al acto sexual, en el lunfardo porteño, provenga de una frase que habrá sido repetida miles de veces por las prostitutas de origen francés. Es decir que aquel verbo haya derivado del “voulez vous coucher avec moi?” (¿quiere usted acostarse conmigo?). Y es más que probable que no sólo esa palabra haya nacido en el lupanar, sino asimismo esta otra: franelear. Ya que no todos los clientes de aquellos sitios concurrían con el propósito de consumar una relación sexual (que costaba dinero), sino que se entretenían mirando y, cuando podían, tocando también a las pupilas. O sea perdiendo el tiempo, como los vagos,  lo que en francés se conoce como flaneurs. De donde seguramente derivó “franelear”, verbo lunfa que hoy no sólo tiene connotación sexual, como la debe haber tenido en su origen. Y lo mismo debe haber ocurrido con el término “mina”, que nada tiene que ver con la minería sino con el francés “mine”, término que significa “cara” o “semblante” y que se aplicaría a las chicas bonitas o atractivas del lupanar, para luego alcanzar a casi todas las mujeres, salvo a la mamá y a la hermanita. Y de igual origen es fifí, que de significar “chiquito” entre los galos, pasó a ser aquí el tipo al que le gustan más las pilchas que el arroz con leche. Y también bataclana, que viene del famoso teatro de revistas francés Ba-Ta-Clan. Y rastacuero, del franchute rastaquoère, término que designa a los que hacen alarde de su fortuna. Y lo mismo puede deducirse de griseta que, así se llamaba entre nosotros a la jovencita que ejercía la libertad sexual, mientras que, en francés (grisette), designa simplemente a la modistilla, aún a aquella que no dio el mal paso.  En resumen, que el paso de franceses y francesas por aquel país de maravillas que se estaba acunando a fines del siglo XIX y comienzos del XX, fue por demás rendidor: ayudaron al crecimiento de la Argentina, nos dejaron a Gardel (el cantor más grande de todos los tiempos) y un montón de palabras sin las cuales este país, hoy, no sería el mismo.  

martes, 27 de enero de 2015

LARGAS, FINAS, NACARADAS

 Circo criollo  LARGAS, FINAS, NACARADAS  Confieso que fui uno de los millones de argentinos que el lunes 26 de enero asistió, embelesado, a la larga alocución de la señora Presidenta (una hora casi exacta), por la cadena nacional. Y confieso también que si alguien me preguntara acerca de lo que dijo, debería confesar que no recuerdo ni una palabra. Y esto no se debió a problemas técnicos o a que yo estuviera distraído, tal vez prestando atención a alguna otra cosa o persona. En absoluto. La transmisión fue maravillosa, como siempre (lo que incluye a la señora que traduce las palabras de la Presidenta a los sordomudos), a pesar de lo cual no puedo recordar qué fue lo que dijo ni, mucho menos, para qué recurrió a la cadena. Lo que pasó (y sólo ahora lo entiendo) es que quedé deslumbrado, no por la alocución, que sin duda fue magnífica, sino por un detalle extraordinario de su presencia en la pantalla. No esta vez su atuendo (de blanco inmaculado y que destacaba su figura, aún sentada en la silla de ruedas); tampoco el color de su pelo, negro como la noche, ni su peinado, o el arreglo de sus ojos o la expresión tan carnal y atractiva de su boca; no, nada de eso. Lo que me hizo perder el hilo y los detalles, seguramente sabrosos, de su mensaje a los argentinos, fue algo que me dejó embelesado y seguramente no sólo a mí.  Me refiero, aunque quienes estuvieron esa hora de su vida frente a la TV para beber las palabras de la Señora ya lo habrán adivinado, a sus uñas. Porque no se trataba de unas uñas cualquiera, coloreadas o no, limpias o sucias, largas o cortas; no, esas diez uñas de esos diez magníficos dedos, habían sido trabajadas por un verdadero artista (del que lamentablemente la Señora olvidó dar el nombre); estaban todas perfectas, nacaradas, largas, agudas, con el brillo que da el lustre de un profesional. Y ella movía las manos o las dejaba quietas sobre su regazo o tomaba un papel y las uñas refulgían como un faro en la oscuridad, hasta el punto (y ese es precisamente mi caso), de superar la atracción que ejercía su discurso y eso, a todo lo largo de la transmisión. Por lo que, nuevamente lo confieso, no puedo juzgar lo que dijo, ya que esas uñas agudas, delicadas, perfectas, que asomaban de sus manos y que superaban todo lo que pudiera decir, conforme fueran de aquí para allá, me lo impidió. Creo, no obstante, que dadas las circunstancias espantosas bajo las que habló, habrá dicho lo que todo el mundo esperaba que dijera. Esto es, habrá dado sus sentidas condolencias, en nombre propio y de su gobierno, que no supo protegerlo, a la familia del fiscal Nisman, habrá prometido castigar a los culpables, le habrá dado el olivo al increíble colaborador de su gobierno que andaba de parranda con los iraníes y habrá prometido –por fin- que habrá de tomarse en serio el caso aún irresuelto de la AMIA, para hacerles pagar a los culpables, con cárcel y cadenas, sus horribles fechorías. Pero nuevamente me disculpo. La vi pero no la escuché. A lo largo de toda esa hora del domingo y a pesar de que por los canales no sujetos a la cadena oficial pasaban futbol y que, haciendo zapping,  acaso sorprendiera a Gardel en “El día que me quieras”, me quedé, firme como verruga en la pera o como rulo de estatua, admirando, durante una hora completa, sin interrupción alguna, esas magníficas uñas, trabajadas indudablemente por un artista que acaso cobre en dólares o en euros. Las que tal vez, lo admito, no sean las uñas de una trabajadora, de una señora que amasa los ravioles ni que le cambia los pañales al nieto, pero si de una Presidenta. O, para hilar aún más fino, de una Presidenta de los argentinos en momentos tan magníficos como los que nos toca vivir. Cuando terminó la alocución de la Señora fui al Margot, donde me estaba esperando el reo. “¿La viste?” –fue lo primero que le pregunté. “SI –me respondió-. “¿Y le viste las uñas? ¿Magníficas, no?” “Te confieso –me respondió entonces el reo con un hilo casi de voz- que yo siempre quise tener las uñas largas, pero nunca pude”. “¿Por qué?” – le pregunté. “Y por qué va a ser –me respondió el reo-. Me las comía. Te digo más –mintió, porque siempre lo conocí más bien gordito- a veces, era lo único que tenía para morfar”.    

domingo, 25 de enero de 2015

SE VIENEN TIEMPOS DUROS

 Circo criollo  SE VIENEN TIEMPOS DUROS  Cuando la señora Presidenta habló por primera vez del caso Nisman dijo que el fiscal se había suicidado. Y no se equivocaba ni un cachito, tenía la justa. Pero lo que pasó fue lo siguiente: los incompetentes que fueron a matarlo y en los que se confió para que la cosa pareciera que el fiscal se había quitado la vida, hicieron las cosas terriblemente mal y, debido a eso, constatado que lo del suicidio era más trucho que una moneda de un peso veinte, la Señora debió corregir su primera declaración y de allí que hoy se hable de asesinato. Aunque, a decir verdad, los que también colaboraron con este lamentable epílogo, fueron los de la revista Noticias. Quienes le hicieron un reportaje que fue tapa del ejemplar del 17 de enero último, con este titular: “Alberto Nisman” “Secretos del fiscal que quiere condenar a Cristina”. ¿Cómo se les ocurrió titular así? Eso y poner en marcha la orden de ejecución, debe haber requerido nada más que un telefonazo. Pero acaso lo peor de todo fue que, ahora, los servicios están como locos. El periodista del Herald que fuera el primero en denunciar el caso, se tuvo que rajar a Israel donde, si no lo alcanza un misil palestino, vivirá feliz durante muchos años. El problema, no obstante, continúa para los que no tienen más remedio que quedarse en el país. Los cuales, a partir de ahora, es recomendable que tomen todas las precauciones antes de cruzar la calle o de subir a la terraza a tender la ropa. Porque unas migas de esperanza surgieron al declarar la jueza que se hizo cargo del caso, que no hay que descartar aún la teoría del suicidio. Y que en consecuencia el fiscal Nisman le pidiera prestada la pistola a su amigo Lagomarsino, no porque tuviera miedo de que lo amasijara la custodia, sino para terminar él mismo con esa angustia. O, por qué no, debido a que habría observado que los encargados de cuidarlo le prestaban más atención a las minas que entraban y salían de la torre, que a su persona, por lo que salvo que el asesino les anunciara su propósito, podía ingresar al edificio con una kalashnikov sin que los guardianes de su salud le preguntaran siquiera adónde se dirigía. Ahora bien ¿cómo termina esta historia? De la mejor manera, sin duda alguna. El quilmeño sutil, esto es, Aníbal Fernández, ya adelantó su parecer: el fiscal Nisman sólo escribió “burradas”. Tanto, que hasta tal vez suponga que se las escribió otro, vale decir que mientras Nisman cobraba 100 lucas por mes para laburar como fiscal, acaso le daría 10 o tal vez 15 a algún empleado de farmacia para que le escribiera los informes. En otras palabras, aunque es una pena, bien está que haya fallecido, ya que no era más que un ñoqui. Por lo que de aquí en adelante ocupará su lugar un pibe de la Cámpora que vive frente a la Facultad de Derecho, recomendado por Máximo. En el Margot un tipo que estaba sentado con otros cuatro o cinco alrededor de una mesa, se levantó y pidió a toda la concurrencia un minuto de silencio por el fiscal Nisman. Con lo que consiguió que casi todos se callaran. Pero no todos, porque el reo de la cortada siguió hablando con otro veterano, como si no hubiera oído nada. “Maestro –lo increpó el fulano que había pedido el minuto de silencio- ¿usted no se suma a este homenaje que le queremos hacer al fiscal Nisman?” El reo lo semblanteó unos segundos y luego le preguntó: “¿Jefe y quien me dice que a usted no lo manda la Cristina y mañana cierran el Margot y yo me quedo sin la jubileta? ¿O se cree que yo también soy un otario?”        

viernes, 16 de enero de 2015

LA CINCUENTA Y SIETE

 LA CINCUENTA Y SIETE 

(Ya va siendo hora de que también conozcan a mi hermano Sergio (1925-2014). Era médico y escribía. Acá va una de sus historias, que parece tener mucho de autobiográfica). Ortiz rió estrepitosamente. -No te rías como un histérico –dijo Carlini. -No es histeria, es espontaneidad –replicó Ortiz. Estaban sentados alrededor de la mesa, discutiendo el caso de “la 57” con el Jefe y su amigo, el rusito Gelberg. -Bueno, cálmense- dijo el Jefe-. Lo primero que tenemos que hacer es saber si la vieja es o no, quirúrgica; después hablaremos de la técnica y de la oportunidad. -Que es quirúrgica, no hay ninguna duda –dijo Ortiz y los otros asintieron. -¿Pero, operarla?...-preguntó Gelberg. Y se contestó con su poderosa voz de barricada: -Hace treinta días que está acá, tirada en la cama… -Sí, ya sé. –Ortiz se movió, medio se levantó-. Yo no digo que no haya riesgo; sí que lo hay, pero tenemos que afrontarlo… -Con la vida ajena… -intercaló Carlini, despacito. -Te diré una cosa –replicó Ortiz- si fuera mi madre, haría que la operaran. -Pero es que vos sos medio loquito. –Carlini se levantó, sonriendo con sorna. El Jefe, colorado, gordo, frunció el ceño. -Yo también pienso que si usted la operara, la mata de una peritonitis. –Se levantó él también-. Vamos a ocuparnos un poco del Consultorio Externo. -Vamos. –Gelberg hizo hacia Ortiz un signo con las cejas y, cuando los otros se fueron, agregó: -A estos dos, no creo que los convenzas nunca… Al volver a casa, guiando nerviosamente su “monstruito verde”, a Ortiz le daba vueltas una y otra vez al problema. Y, abstraído, casi le saca un guardabarros al coche de un señor que lo miró con ojos feroces. –¿Por qué será que siempre me tocan jefes así? Desde que vino la Gorda a la Sala, les insisto a todos y a cada uno que hay que operarla. Y nada, vacilan, vacilan y vamos a perder el tren. Aceleró con rabia. –Este coche podrido no pica nada. ¿Por qué estaré rodeado de tarados?  El viento le llevó polvo a los ojos. -¡Maldición! Entró el coche al garaje, le hizo una mueca al encargado y subió la escalera de los departamentos. Su mujer había salido. Tal vez pensó ella que no llegaría hasta después de las 11 y se demoró en las compras. Ortiz buscó el diario, se sentó en la cocina, las noticias del mundo le llenaron los ojos, pero no lo llevaron muy lejos. La Gorda le bailoteaba entre líneas, los compañeros de la Sala le hacían gestos de duda… Tiró el diario, fue al living, miró la pared blanca del vecino, se sentó, se levantó… Al fin escuchó la llave en la cerradura y Juanita entró con algunos paquetes en la red de nylon. -Hola, ¿hace mucho que llegaste? –lo besó-. Tenés que esperar, ya pongo los fideos. Dinámica, se deslizó con los patines por el living y entró luego en la cocina. Ortiz la siguió para escuchar las incidencias del día y le hizo preguntas adecuadas para mantener la conversación. Pero no sirvió. –Soy un tarado –se dijo-. ¿Para qué preocuparme? Yo no soy el que decido, que se vayan todos al diablo. Al otro día llegó temprano a la Sala. La secretaria, sentada frente a su escritorio, conversaba con uno de los mediquitos de la nueva ola; le contestaron apenas el saludo y siguieron con lo suyo. Dio una vuelta por entre las camas: no había novedades; a la Gorda apenas la miró, pasó por el Consultorio Externo y atendió un rato; una enferma le pidió la dirección de su consultorio y él le contestó: -La Sala, aquí nomás –pero sonrió halagado. La mujer insistía. –Usted va bien, no necesita verme más, ande con las vendas un par de semanas y después las tira… Se hicieron las 9 de la mañana. El Jefe y otros médicos habían comenzado la recorrida. Ortiz se plegó a ellos por la mitad, cuando cabildeaban en torno a la Gorda. No dijo nada al principio, pero al fin no aguantó más y repitió toda su argumentación ante todos los que quisieron escucharlo; se puso cada vez más nervioso; los otros asentían o disentían, con poco interés. Pasó la revista, cada cual se fue a lo suyo. Los viejos a tomar café y hablar de política… Antes de irse fue a ver la lista de operaciones para el día siguiente. El Jefe estaba en uno de los sillones, con gesto preocupado. -¡Cómo! –se admiró Ortiz-. ¿No la pone a la “57”? -Mire, doctor –le contestó el otro- ¿quiere jugar cincuenta mil pesos a que si la opera, la mata? -Pero doctor, no vamos a jugar con la vida de los enfermos… El Jefe agregaba leña, discutieron, el Gordo estaba cada vez más rojo, intervinieron los otros… El patrón se fue- Moroni, uno de los viejos, le dijo: -Pero che, ¿no sabés que el Jefe tuvo una opresión precordial esta mañana y se hizo un electrocardiograma? -Uh –hizo Ortiz- no sabía nada. ¿Y qué resultado dio? Moroni hizo un gesto con la cabeza. –Clavado que tiene una isquemia, pero como el patrón de eso no entiende… No se si lo convenceremos para que haga un poco de reposo. Al día siguiente Ortiz se enteró por la secretaria: el Jefe no vendría al menos por una semana; Ovando se encargaría. Lo fue a ver y, en cuanto pudo, le llenó la cabeza de argumentos, hasta que el otro se lo sacó de encima diciéndole que pidiera nuevos análisis y radiografías. Al fin, una semana más tarde, Ovando reunió a los médicos y replanteó la cuestión.  -Yo ejerzo la jefatura por poco tiempo y, como no se me subieron los pajaritos a la cabeza, quiero que opinemos todos sobre el caso de “la 57”. Carlini se opuso a la operación; Míguez y Julián, los dos más técnicos de la Sala, apoyaron a Ortiz. Él resumió: -Puede morir de insuficiencia cardiorrespiratoria durante o poco después de la operación, pero dejarla tirada, dejando que se consuma… A las 11 Ovando hizo la lista para el martes, puso a Ortiz de cirujano y él mismo se colocó de ayudante. Al abandonar la Sala Ortiz se encontró con la hija de la Gorda, que le sonrió tímidamente; él le explicó el caso lo mejor que pudo; ella asentía. Le dijo: -Doctor, yo tengo confianza en usted. -Y también en Dios –terminó Ortiz. Hacía 10 días que no dormía a gusto, pero esa noche dio tantas vueltas, que al fin Juanita le dijo algunas inconveniencias y pelearon un poco. A las 6, ya estaba de pie; llegó más temprano que nunca al hospital; hizo varios chistes con el personal de la sala de operaciones; fue, volvió, se impacientó esperando al anestesista, hizo venir a la enfermera, le disecó una vena a la enferma para que comenzaran a pasarle sangre y tener seguridad, por si las cosas se ponían feas… Poco después llegó el resto del equipo. Ortiz reía, nerviosamente; se lavaron, se vistieron, la operación comenzó. A las 10, la Gorda estaba medio azul. El anestesista sugirió que se apuraran, pero habían llegado a un punto desde el que no podían retroceder. A las once y cuarto terminaron; la enferma respiraba mal; aspiraron secreciones, vino el cardiólogo, casi todos opinaron, acordaron una traqueotomía. A Ortiz le dolían los pies, el lumbago le molestaba; abrió la tráquea, colocó la cánula, oxígeno, más oxígeno. ¿Y si le hiciéramos esto? ¿Y lo otro? La Gorda estaba mal. Ortiz se desvistió, fue a la sala de espera, un hermano de la enferma le preguntó. El, con voz medio estrangulada, le explicó que el shock…  que había que esperar… Fue a la sala de médicos, fumó un cigarrillo, volvió al quirófano: la enferma seguía azul… Se hizo la una de la tarde, ya no había qué hacer. Todos estaban cansados. Decidieron llevar a la paciente a la cama. Diez minutos después, fallecía. Dejaron entrar a los parientes, pero la hija no entró. Lloraba, gritaba: -Yo creía que el doctor Ortiz la iba a salvar, yo tenía confianza… Ortiz se fue, despacio, a buscar su coche. Uno de los hijos lo llamó, lo alcanzó, le dijo que ellos no querían que le hicieran la autopsia; le dio la mano, le dijo que él entendía que habían hecho todo lo posible… Ortiz lo miraba sin ver. Se fue con las manos en los bolsillos… Esa noche durmió nueve horas de un tirón. Otros problemas vinieron, se resolvieron de una u otra manera… Pero, algunos meses después, comentando casos “bravos”, su amigo Gelberg le preguntó: ¿Te acordás cuando mataste a la 57? 

viernes, 26 de diciembre de 2014

Circo criollo SUEÑOS DE JUVENTUD

 Circo criollo

 SUEÑOS DE JUVENTUD

 El año finaliza bien, con algunos apagones, con abundante feriados, con masivos traslados a la costa, sin saqueos, con una temperatura agradable, pero… Si, siempre hay un pero y este es más que importante, ya que se trata de la Presidenta de la Nación. Porque mucha gente se queja afirmando que ha aumentado la desocupación, que la guita no alcanza, que la inseguridad, que la droga, que esto y que aquello. Pero qué importancia tiene todo esto y tal vez alguna otra cosita, con el hecho de que la Señora se encuentre acosada, amenazada de muerte, como ella misma, y casi sin querer, lo ha dicho: “Si me llega a pasar algo…. miren para el Norte”. Porque es cierto, a nadie le gusta que lo anden denunciando por enriquecimiento ilícito, por no haber presentado en tiempo y forma los papeles de la hotelería calafateña, por vincularse su buen nombre con el de algún tránsfuga muy próximo al finado o porque anden contándole, como suele decirse, las monedas. Que no se trata, al fin y cabo, sino de eso, de monedas, en particular si se compara con las pretensiones de los fondos buitre (acá una fea expresión) y de las agachadas de la justicia norteamericana (y acá otra). Porque que esto lo diga una señora que hoy representa menos años que Susana Giménez y que Mirtha Legrand o, lo que es lo mismo, que aún se halla casi en la juventud, es de una tristeza a la que bien podría calificarse como infinita, inconmensurable. Y acá no hay tutía. Porque algunos, particularmente esos a los que nadie amenaza y la pasan bomba en el anonimato, podrán andar diciendo: ¿Pero de qué se queja esta mina, si lo tiene todo, guita, poder, hijos brillantes, nieto encantador, un ministro de Economía al que puede tratar de “chiquito” y hasta un helicóptero que la deja cada mañana en la puerta de su laburo y dos o tres horas después la pasa a buscar de regreso a casa? Y no en Tapiales, ni en San Justo, ni cerca de la cancha de Sanlo: no, en Olivos, que para el caso es como decir el Palacio de la Zarzuela, el Quai d’Orsay o la Casa Blanca. Lo que ocurre es que no importa lo que haga; que viva preocupada por el pueblo y lo asista multiplicando los feriados y cuidando los precios cuidados. Igualmente la oposición va a andar pidiéndole ridiculeces, como el título de abogada, que vaya a saber dónde lo puso, ya que con todo de lo que tiene que ocuparse debe estar perdido en alguna parte, tal vez en un bolso de Vuitton que ya no usa, si es que no se ha ido al lavarropas junto con la ropa sucia. Porque, admitámoslo, cómo puede ocuparse de semejantes niñerías alguien que ejerce la Presidencia de una nación (y de una nación difícil, como ésta), y que, además, se siente amenazada de muerte. Sin embargo y aparte del cuidado que esto le exige (no olvidar que están pendiente de ella cuarenta millones y pico de argentinos y quién sabe cuántos extranjeros), esta circunstancia tan particular de su vida debe causarle también una secreta satisfacción, que bien se la merece. Porque, cuando era jovencita y antes de engancharse con el santacruceño y marchar a Río Gallegos para tener allí una vida holgada y segura, ella soñaba con sumarse a la guerrilla y combatir a los milicos sin importarle el precio que esto tuviera: torturas, cárcel y cadenas y hasta la muerte si fuera preciso. En consecuencia el sentirse amenazada, aunque no sea totalmente cierto sino acaso el invento de algún colaborador extremadamente fiel y abrumadoramente ambicioso (esto es, que no quiere ser olvidado en las listas de candidatos de las próximas elecciones), le proporciona una satisfacción que ha querido transmitir, como lo ha hecho, al pueblo que la ama y la quiere viva por mil años más, si esto fuera posible.  El reo de la cortada de San Ignacio terminó la copa y se tomó luego el café, casi frío. No decía palabra y se lo veía seriamente preocupado. “Maestro, ¿qué le pasa?”, quiso saber uno. El reo se pasó la mano por la cara, se acodó en la mesa y luego, como quien ve una luz al final del camino, dijo: “Por el lado de la jubileta, estamos fritos. Estos se van y yo voy a seguir con la mínima. Por eso, me pregunto: ¿todavía estaré a tiempo de afiliarme a La Cámpora?”       

martes, 11 de noviembre de 2014

Circo criollo LOS PRECIOS CUIDADOS, UN ÉXITO TOTAL

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  LOS PRECIOS CUIDADOS, UN ÉXITO TOTAL 

 La vida nos da sorpresas, sorpresas nos da la vida. Cuánto lamento que esta historia, absolutamente verídica, que paso a contar, no haya sido presenciada también por el joven ministro de Economía, el joven Kicillof, a quien también se conoce como “el Kichi”. Porque s trata de una historia maravillosa, como todas las que tienen como protagonistas a los  representantes de este pueblo maravilloso, a los que la creatividad les surge espontáneamente de los poros, con independencia de su edad, sexo, estudios y condición social. Pues bien, al grano. Me hallaba yo en uno de estos pequeños comercios que ha abierto Carrefour, haciendo disciplinadamente la cola de los que, luego de haber elegido lo que necesitaban, están dispuestos a pagar por ello. Y si bien estaba algo distraído,  mirando a una morocha de buen ver que tenía delante, no pude dejar de advertir que entre el joven que estaba en esos momentos a cargo de la caja del establecimiento y el cliente que tenía delante, se había producido un altercado. Ambos levantaron la voz –sin que yo alcanzara a saber el motivo de la discusión- y finalmente el comprador vació la bolsa de plástico de la mercadería que pensaba llevarse y se marchó, de muy mal talante, del comercio. Por eso, cuando me tocó el turno –a continuación de la bella morocha, que se fue sin siquiera dirigirme una mirada- me atreví a preguntarle al cajero la causa del conflicto que había tenido lugar hacía unos breves momentos. Y el empleado me respondió, aún indignado, mientras me facturaba mi corta mercadería: “Es que ya me tienen podrido estos cosos, maestro. Un día, vaya y pase. Pero dos, tres, todos los días lo mismo, no puede ser”. Y en seguida aclaró: “¿Vio lo que se llevaba, jefe? Acá está”. Y me lo mostró con un gesto amplio. Entonces fue que advertí la razón de su enojo. El cliente o cliente trucho, como se lo quiera llamar, pretendía llevarse dos botellas de litro y medio de aceite de girasol y cuatro paquetes de azúcar de un kilo cada uno. Es decir toda mercadería atada a ese precioso slogan, inventado por alguien muy imaginativo (tal vez el mismo Kichi), que se conoce universalmente como “precios cuidados”. Ahora bien, ¿dónde estaba la trampa de ese curioso proceder? Muy fácil: el tipo, me contó el cajero, aún indignado, compraba mercadería sometida al control oficial y policial y la revendía luego en comercios que no estarían sujetos a ningún control, y que no serían otros que los “chinos”. Estos los compran a estos adquirentes de la mercadería en locales controlados –como los de las cadenas de supermercados-, pagándoles dos o tres pesos más y luego los revenden recargándoles otro tanto. Total, ningún inspector pasará por allí para sancionarlos. Pero acaso lo más sabroso de esta historia es que no se reduce a este pequeño ámbito de los grandes súper hípercontrolados y los muy pequeños libres de todo control oficial. Porque, comentando este episodio con la señora que se ocupa de mantener limpia la unidad en la que vivo, me enteré que se trata de algo más que conocido en las villas urbanas. En efecto, según esta fuente inobjetable, ya se ha armado toda una cadena de revendedores de ocasión, que están dedicando sus vidas a la reventa, en las villas, de mercadería sujeta a precios controlados. A las que concurren, sin ningún tipo de temor, ya que son más que bienvenidos, con bolsas llenas de  artículos adquiridos a precio cuidado, para revenderlos luego con una utilidad que premia largamente el esfuerzo y el riesgo. Y todo, apresurémonos a decirlo, gracias al Kichi, que también tiene derecho a estar muy contento con su política de “precios cuidados”, ya que las estadísticas le sonríen, la inflación ha pasado a ser sólo un mal recuerdo y (the last but not the least), gracias a ellos un número impreciso de ciudadanos, con muy poco esfuerzo y tan sólo algunos contratiempos (como el que me tocó presenciar), la están pasando bomba. El reo de la cortada de San Ignacio, luego de tomarse la copa y de dejarla sobre la mesa del bar, dirigió los ojos al cielo y en un rapto, no común en él, de misticismo, murmuró: Señor Kichi, ¿cuándo te vas a acordar de incluir a la ginebra entre los precios cuidados?

miércoles, 22 de octubre de 2014

Circo criollo UN SILENCIO SOSPECHOSO

 Circo criollo

 UN SILENCIO SOSPECHOSO

 Hoy se puede afirmar, ya sin un jerónimo de duda, que la faringitis que mantuvo callada a la señora presidenta durante dos largas (o muy breves) jornadas, no fue tal. Más aún, ya se sabe que se trató de una mentira grande como un rancho o, en tren ya de llevar la cosa mucho más lejos, tan mayúscula como el edificio que la primera mandataria se propone construir en la Isla Demarchi, en el papel de la famosa arquitecta egipcia que subyace en su rica y múltiple personalidad. Pero si esto es absolutamente cierto hay,  por lo menos, dos versiones acerca de las razones que llevaron al cuerpo médico que la atiende, a someterla a esta larga y dolorosa mudez. Y que en ningún caso tienen algo que ver con la supuesta faringitis de la Señora. Una, en la que interviene la  esposa de uno de los facultativos que está a cargo de la preciosa salud de la mandataria. Quien, según este trascendido, temiendo que una sorpresiva intervención en cadena de la Señora, afectase un programa de chimentos que sigue con pasión y en el que se anunciaban las más íntimas revelaciones de Viky Xipolitakis, intimó a su marido de esta manera verdaderamente cruel: o hacés que la Señora no hable por 48 horas o esta noche dormís en el sofá. Sin embargo hay quienes dudan de esta versión, por considerarla muy alejada de la realidad. Ya que (dicen), ¿qué médico, qué funcionario, qué varón de posibles, no tiene por lo menos una opción rubia o morena, con o sin ultimátum matrimonial?  Ahora bien, ¿de esto cabe concluir que la faringitis realmente existió y se justificó la mudez, por dos brevísimas jornadas, de la señora Presidenta? No, ni por pasteles. Ya que hay una segunda versión acerca de este hecho, de mucha mayor gravedad aún. Y es la que dice que no fue la esposa de uno de los facultativos de cabecera de la primera mandataria, la que impuso la veda de dos días a los torneos oratorios de la Señora. No, el verdadero origen de esta prohibición, aparentemente por motivos de salud, habría venido de afuera. En efecto, tanto el pedido como la cuantiosa cantidad de billetes que hicieron posible esta operación, habría que buscarlos nada menos que en Moscú. Y en efecto, sería el mismísimo Putin quien, mediante un importante desembolso de moneda fuerte (tal vez euros), habría logrado que un médico criollo, de los de mayor confianza de la Señora,  dispusiese esta pausa supuestamente por motivos de salud, en las presentaciones televisivas de la mandataria. Y los que sostienen esta versión,  que son muchos, afirman saber que el gobernante ruso habría quedado realmente impactado por las cosas que le dijo la presidenta argentina en su reciente encuentro televisivo, tanto que temió que quisiera repetirlo y entonces habría dicho (naturalmente que en ruso): cóbrenme lo que quieran, pero por favor, impidan del modo que sea que vuelva a comunicarse conmigo. Y de allí lo de la supuesta falsa faringitis. ¿Vio, jefe –dijo un parroquiano del Margot a otro que tenía al lado- que ya habló otra vez? No hay caso. ¿Ahora, cuánta guita habrá que ponerles a los tordos esos para que la Presi nos de otro respiro, aunque sea por 48 horas?  Y el reo de la cortada, no bien lo oyó, se acercó al tipo y haciendo como que echaba mano a la billetera, dijo: “Jefe,si es por plata, no se preocupen.  Mi billetera estará siempre al servicio de las grandes causas populares”.

sábado, 11 de octubre de 2014

Circo criollo OTRA VEZ DE FIESTA Apresurémonos a decirlo: hay cristikirchkicinerismo para rato. Es que no se presiona para la aprobación, hoy, de leyes importantes, ni se alcanzan logros tales como una estrecha amistad con China y con Rusia, ni se buscan enemigos tan señalados como los buitres y los Estados Unidos, ni se carga tan decidida y definitivamente sobre la prensa cipaya para, como haría cualquier gil de lechería, entregar el poder dentro de un año y pico. Y todo porque la viejísima y superada Constitución Nacional así lo dispone. Y porque, por esas cosas de la Naturaleza adversa, el otro K ya no está entre nosotros y al pequeño K aún no le da el piné, según pudo verse en su reciente debut en la cancha de Argentinos Juniors. (Aunque, sin dudas, estará afiladísimo de acá a otros cuatro años u ocho, con mamá en el poder y con el Kichi apretando el tomate). Es decir y vale señalarlo, ya quedaron atrás el efecto depresión causado por el resultado de unas elecciones de medio tiempo aparentemente adversas y por la aparición de algunas nanas ya superadas, que la tuvieron al borde de tirar la toalla. Pero todo cambió y para bien, con aquella sabia decisión de sacarse de encima una serie de funcionarios que no eran más que un peso muerto en su gabinete y con la aparición casi milagrosa del Kichi, que volvió a darle aire al Gobierno y motivos para quedarse a la Señora. Así fue cómo éste dejó de ser un gobierno muerto y sin planes, para ser otro, nuevo y distinto de aquél. Con más aires que una minita que salta a la fama por un divorcio anunciado en un programa de TV de la tarde, y con más poder, para hacer lo que se le venga en gana, que el mismísimo Tinelli en “Bailando”. Así, lo que parecía nada más que un capricho de una vecinita de Tolosa, alentada por vaya a saber qué lecturas de juventud, disponiendo la erradicación salvaje e inmisericorde de la estatua de don Cristóbal Colón de la placita vecina a la Rosada, pasó a convertirse en toda una declaración de principios. Una gran vuelta de tuerca, un volver a empezar pero, ahora sí, para cumplir con aquellos ácidos sueños de juventud. Casi los mismos que trocó por un traslado, casi una fuga, al lejano sur y un rápido matrimonio con un señor adinerado. Por lo que ahora sólo cabe sentarse y esperar, ya que lo mejor está por venir. “¿No le parece, maestro?”, le preguntó un tipo que estaba sentado en la mesa de al lado, al reo de la cortada de San Ignacio. El reo terminó su café, se secó una gotita que le había caído en la solapa de su viejo saco de La Mondiale y dijo, sentencioso. “Ya lo creo, jefe. Al menos, mejor que el ébola. ¿O no?”

viernes, 26 de septiembre de 2014

Circo criollo UN SLOGAN GANADOR Hay que ver lo bien que le ha caído al Gobierno esto de los fondos buitres. Y no sólo al gobierno. Los otros días estaba paseando por la avenida Santa Fé, cuando me crucé con una señora a la que acompañaba un chiqutín de unos 4 o 5 años. Justo en ese momento y vaya a saber por qué, el nene se puso a gritar como un marrano. Y entonces ¿qué hizo la madre? Pues hizo esto, que yo lo vi con mis propios ojos. La vieja (aunque no era tan vieja y además estaba muy buena), lo apartó de sí, lo empujó contra la pared y le ladró (si, porque en ese momento la señora parecía un doberman enfurecido) de muy mal modo, lo siguiente: ¡Callate, fondo buitre! Y aunque alguno sospeche que exagero puedo asegurar, ya que fui testigo presencial, que el pibe, ante tan tremendo insulto, se calló de inmediato, se secó las lágrimas como pudo y se paró, haciendo pucheritos pero muy obediente, al lado de su mamá. Los seguí un par de cuadras, porque no podía creer en lo que acababa de ver. Pero no, fue así nomás: el pequeño ni volvió a gemir siquiera; marchó al lado de su mamá calladito y yo diría que hasta un poco asustado. Es que, reconozcámoslo de una vez, aquí a nadie, de ninguna edad y bajo ninguna circunstancia, le gusta que lo llamen fondo buitre. Aunque tal vez no les sirva a todos de la misma manera. Y por dar un ejemplo: por más que se desgañitara apostrofando a los opositores con ese grito de guerra, a Máximo K no lo vota ni el loro, especialmente luego de su debut como orador en Argentinos Juniors y por más que haya sido muy aplaudido por los chicos rentados de La Cámpora. ¿O no? Ahora bien, lo aconsejable, aún en estos casos en los que sonríe la Fortuna, es no exagerar. Porque está bien: debido a que nadie quiere verse como uno de estos inmundos bichos carroñeros, el Gobierno consiguió que se llevaran adelante algunas iniciativas, que así se convirtieron en leyes. Y hasta le dio como para levantar algunos puntos en las encuestas, por más que la Señora no piensa, ni por pasteles, introducir cambios en la Constitución para ser elegida presidente por tercera vez consecutiva. Aunque está siendo tentada. ¿O acaso “buitres o Cristina” no suena casi tan bien como aquel “Braden o Perón” que llevó al General a coronar su primera presidencia? Pero ojo, tampoco la pavada ni la exageración. Porque de allí a pelearse simultáneamente con Obama y con la señora Merkel, es decir, las primeras figuras de dos poderosos potencias, hay una gran distancia. Y mucho peor si fuera verdad lo que se dice: que el que la está aconsejando es el mismo tipo que le dijo al general Galtieri que el mejor modo de recuperar la popularidad perdida por el gobierno militar, era invadir las Malvinas. Y tampoco parece muy bien encaminado presentarse como amenazada por la Jihad. Luce bien, ya que esa misma amenaza pende sobre otros grandes líderes mundiales. Pero, admitámoslo: mejor es no dar ideas, ya que de locos está lleno este perro mundo. El reo de la cortada, después de tomar su café, le preguntó al mozo: “Maestro, ¿usted se ofendería si yo le digo fondo buitre?” El mozo se rascó la cabeza y preguntó a su vez: “¿Pero me va a pagar el café?” “Seguro”, le respondió el reo. “Ah, entonces –dijo el mozo- llámeme como quiera”.

viernes, 19 de septiembre de 2014

EL QUE SE FUE A TIEMPO ¡Cacho querido! ¡Tanto tiempo sin verte! -¿Pepe? Pero sí, sos Pepe. ¿Qué hacés otra vez por acá? No sabés las veces que he pensado en vos. -¿Si, che? ¿Y por qué? -No sabés lo oportuno que estuviste al irte. De la que te salvaste. ¿O no sabés nada? -¿De qué, che? ¿Vos bien y los tuyos también, no? -No, nosotros bien. Al país, me refiero al país. -¿Pero qué pasó, che? -Qué no pasó, decí mejor. Vos te fuiste en el 81, ¿no? -Si el 29 de abril del 81, el Día del Animal. -Bueno, todavía estaban los militares. Ya aquello era un desastre. ¿Pero sabés qué hicieron después, en el 82? Invadimos las Malvinas, estuvimos en guerra con Inglaterra. -Pero Inglaterra es un país de la OTAN: -Claro y así fue como perdimos como en la guerra. Nos mataron como mil muchachos, nos hundieron el Belgrano y, lo único bueno, se tuvieron que ir. -¿Y quién vino? Un gobierno civil, calculo. -Si, Alfonsín. Pero no sabés lo que fue. Al principio, todo bien, la gente contenta con la vuelta de la democracia. Pero al final, metió tanto la pata, que generó una hiperinflación espantosa y se tuvo que ir seis meses antes. -¿Y quién lo reemplazó? No me digas, un peronista. -Si, Carlos Menem. Y no te digo lo que fue aquello. Al año la gente estaba chocha, porque había cesado la híper y había puesto en venta las empresas públicas. Un peso era igual a un dólar, los teléfonos andaban, la gente iba a Aruba como si fuera a Mar del Plata y podías tomar el whisky inglés más barato que en Londres. -¿Y después? -Un desastre peor. Aunque había una desocupación espantosa y una corrupción increíble, consiguió que cambiaran la Constitución y se hizo reelegir por otros cuatro años. No sólo todos los días cerraba una empresa y quedaba más gente en la calle, sino que duplicó el endeudamiento del país, aumentó el déficit público y la Casa Rosada se convirtió en el centro del escándalo y de la farándula. -Este concluyó su segundo mandato. -Y casi se hace reelegir para un tercero. Pero no, lo reemplazó un radical, Chupete De la Rúa. -Bueno, un tipo honesto y serio. -Si, pero lenteja e irresoluto. Le fracasaron uno tras otro los planes económicos que intentó para terminar con la recesión y al final, cuando se le presentó una corrida bancaria que amenazaba dejar al país sin un dólar, declaró el estado de sitio, se armó un tole tole en Plaza de Mayo, la policía mató no sé a cuántos y a los dos años apenas cumplidos, se tuvo que ir. -¿Y entonces? -No lo vas a creer. El Congreso primero eligió a Rodríguez Saça, que hizo tales zafarranchos y nombró a tantos impresentables, que se tuvo que ir a la semana. ¡Y no sabés quién lo reemplazó! Eduardo Duhalde, el de la provincia de Buenos Aires. -Y entonces las cosas anduvieron mejor. -¡Pero no! Devaluó, declaró el default, la desocupación y la miseria fueron cada día mayores, el dólar se fue a las nubes, la inflación hizo estragos, no permitió que la gente sacara de los bancos los dólares que habían depositado. A los tipos que reclamaban sus dólares les devolvían pesos. Los consulados de España y de Italia siempre estaban llenos de gente que se quería rajar del país. Y casi todos los días había marchas, protestas y saqueos. -Bueno, pero habrán llamado otra vez a elecciones y el nuevo presi habrá enderezado la situación. -Si, al principio. Pero ahora mismo estamos otra vez como antes. -¡No puede ser! -Como lo oís. El dólar por las nubes, una desocupación tremenda, una inflación que no para y, para variar, también el fantasma del default y la ley de abastecimiento. -¿Otra vez como en el cuarenta y pico? ¡No puede ser! La verdad: me dejás mudo. -Si, no sabés lo bien que hiciste en irte, las cosas que te evitaste. -Bueno, ya que lo decís, quiero agradecerte a vos y a los amigos del club, si es que todavía los ves. El velorio fue magnífico, nadie contó un chiste y tus palabras durante el entierro fueron conmovedoras. Más de lo que yo merecía. -¡Por favor!.. No sabés cómo te extrañamos.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Circo criollo MÁXIMO, EN LAS HUELLAS DE MARADONA Un nuevo piquito de oro asoma en el horizonte político nacional. La revelación se ha dado con la irrupción, el sábado pasado, en cancha de los bichitos colorados (si, allí donde comenzó a brillar Maradona, el más grande de todos), de Máximo Kirchner, el hijo de la señora presidenta de los argentinos. Y el primer acierto, merece destacarse, no fue su alocución, que fue brillante y la dijo de corrido, sino la elección del día para debutar en la política grande: un sábado. Ya que como el público esperado era el de los jóvenes de La Cámpora y casi todos ellos son empleados públicos, de haber elegido cualquier día laborable para su estreno como estadista en ciernes, se habrían producido grandes ausencias en las oficinas del Estado, perjudicando la gestión oficial y la atención del público. Y el segundo, pero no menor, fue ese desafío virtual a la oposición para que diera lugar a que su mamá se presentara a un tercer mandato presidencial. Y no, de ninguna manera, porque no sepa que esto está estrictamente vedado por la Constitución Nacional, sino porque Cristina se lo merece y porque el país la necesita. Y no sólo porque es su mamá. Aparte de eso, que desde ya es muy importante, viene desarrollando una labor espectacular al frente del Ejecutivo, por lo que permanecer en la Rosada, o al menos intentar hacerlo, cuatro años más (u ocho, o doce), se encuentra dentro de sus derechos naturales. Lo que pasa es que, como se enseña en cualquier escuela de negocios, aún la más rasposa, la peor gestión es la que no se hace. En consecuencia la pieza está jugada y ahora le toca mover a la oposición, a la que mejor no calificar. Por otra parte nadie ignora que su papá, el finado, de no haberse interpuesto la Parca, ya tenía pensado que un K sucediera al otro de aquí a la Eternidad, si ello fuera posible. Por lo que la sugerencia del hijo de aquel grande de la política tiene el valor de todo un homenaje a su figura. Aunque tampoco es de desdeñar, por más que se trate de un argumento menor, la versión de que quien sugirió a Máximo que, en su primer discurso, abogara por la permanencia de su mamá en Bi.Ei otros cuatro años, fue su cónyuge, la doctora y madre de su, hasta ahora, único hijo. Es que, se dice, la señora de Máximo, que adora a su suegra, advertiría sin embargo la serie de problemas que podrían suscitarse en el caso de que la hoy Presidenta de los argentinos, debiera volverse a sus pagos adoptivos (o sea a “su” provincia, como ella suele decir), una vez finalizado su segundo mandato. Es que según parece, de tener que volver Cristina a la provincia y, peor aún, si no le encuentran algún cargo, electivo o no, que la devuelva a Buenos Aires, a la señora de Máximo se le presentan, en la imaginación, escenas verdaderamente espantosas. Porque vería a su suegra metiéndose en todo, criticándole la manera en que cría a su pequeño, en la forma que lleva adelante la casa, en cómo cocina, en cómo limpia, como arregla esto o aquello, que el pibe está gordo, que está muy flaco, que a Máximo no lo deja dormir, que gasta en exceso, que por esto y por aquello. Con lo que, finalmente, el matrimonio, hoy tan feliz, podría llegar a hacerse pedazos. “Maestro –preguntó el reo de la cortada de San Ignacio si dejar de revolver su café- le pregunto en serio, por si se viene de verdad el Máximo: ¿hasta qué edad admiten afiliados en La Cámpora?”

sábado, 6 de septiembre de 2014

UN MIMBRE, EL MOROCHO Yo sé, flaco, que nosotros tenemos que alentar al equipo. No hay nada que me dé más bronca que esos muertos que van a la cancha como si fueran al cine y a los que los colores no los calientan. Nosotros nos preparamos toda la semana, te lo juro. Inventamos cantos para nuestros muchachos y también para cargar a la barra rival. Para los peruanos habíamos hecho una lindísima. Escuchá, se canta con la melodía del “yo te daré”. “Yo te pondré, te pondré negro rasposo, te pondré en el hoyo, una cosa que empieza con é. ¡Estudiantes!” ¿No es buena? Y llevamos las banderas que habían hecho las viejas del barrio, las sombrillas pintadas con los colores, millones de papelitos para cuando aparecieran por el túnel, unas bengalas que nos habían regalado los de la Prefectura y un montón de petardos que había conseguido Oreja y que eran para tirárselos al arquero de ellos no bien nos atajara un par de pelotas. Porque acá en La Plata o ganamos bien o ganamos de guapos. Otra, no hay. ¿Entendiste? Por eso, cuando empezó el partido fue la locura de siempre. Papelitos, gritos, cantos, una bengala que largó el Loco, los más fanas subidos al alambrado… Te juro que parecía que el estadio se venía abajo. Pero vos, que tenés años de tablón, sabés que para mantener el entusiasmo no basta con que la fanaticada se vuelva loca. Los que están en el field tienen que poner gambas, tienen que poner huevos, llegar al arco rival, reventarlos a pelotazos. Pero si no llegan nunca, si se van en pasesitos laterales, si ni bien los tocan se tiran al suelo como si fuesen minas y se la pasan rifando la pelota, la tribuna se enfría y aquello, en vez de una caldera, como debía ser, se convierte en el freezer de una heladera. Te juro que al partido no lo queríamos dejar morir, porque esos puntos para nosotros eran muy importantes. Y si, hasta yo me subí a un paravalancha, cacé una bandera y los hice gritar a todos: “¡pinchas corazón!, ¡pinchas corazón!”. Y como ni siquiera con eso reaccionaban entonces también me saqué la camiseta y me puse a vociferar la máxima, el grito con el que hasta los muertos se levantan de sus tumbas y la embocan en el arco contrario: “¡Ar-gen-ti-na!”, “¡Ar-gen-ti-na!”. No sé cuánto tiempo estuvimos gritando: yo me quedé afónico y a muchos de los muchachos les caían los lagrimones de la emoción. Pero fue al pedo, viejo. Ni por los colores patrios, por la bandera nacional, aquellos once pataduras eran capaces de hacer otra cosa que tirarla afuera, entregársela a los rivales o jugarla de alto, para arriba, como si fuera un partido entre canguros, en lugar de jugarla a ras del piso, como se debe y como hacen los que saben de verdad. Entonces nos chivamos. Las tribunas se fueron enfriando, los que estaban parados se sentaron, dejaron de agitar las banderas y a partir de allí lo único que se escuchó, de vez en cuando, fue una tos. Yo agarré la bandera que llevaba, la doblé y me la puse debajo del culo, como si fuera un almohadón. Uno armó unos porros, otro sacó unas barajas y nos trenzamos en un truco de seis sin flor, que nos hizo olvidar que estábamos en la cancha, que los pinchas se jugaban la clasificación y que si no ganábamos esa noche, los de Gimnasia nos iban a gastar. Primero fue como un rumor y no le hicimos caso. Después fue más claro y algunos se pararon para ver qué era lo que estaba pasando. Miré para el lado de la cancha y allí seguían esos muertos tirando misiles a Calcuta. Entonces fue que escuché el grito de “¡agarren al chorro!”, que en un partido de fóbal es tan común como ver pasar al que vende café o Coca. Pero ese chorro no era como todos. Lo ví, era un negrazo crespón, flaco y elástico como un mimbre, al que todos querían agarrar y él zafaba cuerpeando para un lado y para otro, agachándose hasta desaparecer en la multitud, para reaparecer luego, varios escalones más abajo, aplicando un empujón aquí, un cabezazo allá, siempre saltando, escurriéndose como si estuviera enjabonado. Uno lo agarró de la camisa y la camisa le quedó en la mano, por lo que el negro siguió su carrera de obstáculos con medio cuerpo al aire, que parecía una estampa de las últimas Olimpiadas. Ya nadie miraba el partió, todos lo seguían al negro y mientras unos lo puteaban por chorro, otros le gritaban cosas como: “dale, no aflojés, cuidado con ese cabrón de la derecha, rajá para aquel lado”. Y cada vez que pegaba una gambeta y eludía a un perseguidor, la multitud lo acompañaba con un “¡oole!”. El negro ya había llegado abajo y la mayoría de los que querían agarrarlo se habían cansado, cuando seis canas, tres de cada lado del pasillo, lo esperaron al pie de la tribuna con los garrotes en la mano y le cerraron el paso. El chorro titubeó, se vio perdido. La hinchada que lo seguía se quedó muda. El negro hizo un amague, como si fuera a gambetearlos, pero no se atrevió. Después midió la alambrada con la vista, como para saltarla, pero advirtió que era demasiado alta y que, además, en la cancha lo esperaban otros policías. Entonces, hizo la heroica. Enfiló otra vez por los tablones para arriba, donde estaban los que lo habían querido atrapar, como quien prefiere entregarse a la justicia popular, pero jamás a la yuta buchona e hija de puta. Y entonces, no vas a creer lo que pasó. A medida que el negro subía, la gente se abría para dejarlo pasar y después volvía a cerrarse para impedir que la cana lo agarrara. Se lo veía trepar sudado, medio en bolas, con el último aliento, la cabecita redonda y motosa, se lo veía cómo se metía entre la multitud y seguía y seguía, mientras la cana, repartiendo palos, luchaba por alcanzarlo y viendo cómo el tipo se les iba cada vez más lejos. Y fue entonces, cuando a los 22 muertos de la cancha ya no los miraba nadie y cuando más de uno de ellos estaba parado en la cancha pero observando lo que pasaba en la tribuna, que empezó a escucharse, primero bajito, después cada vez más alto y más alto, desde los cuatro lados del estadio, el grito que merecía ese negro macho y ladrón y que la yuta no iba a recibir jamás. Porque fue entones que brotó el grito unánime, el que le salía del pecho a la gente, el que le brotaba de los ojos y de los huevos. El grito, pero el grito más grande: “¡Ar-gen-ti-na!”, “¡Ar-gen-ti-na!”

sábado, 23 de agosto de 2014

Circo criollo LOS SANTOS BUITRES Ya es malo y humillante que a un tipo lo traten de buitre. Pero es mucho peor si lleva ese mote porque pretende hacer una diferencia con los títulos de un país del que sabe poco o nada, salvo que algún día tendrá que pagar por esos valores que emitió. Él, el buitre apestoso, los compró porque costaban monedas, pero sabiendo que mañana o a más tardar pasado, conseguiría por ellos varias veces más, por aquello de que no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Vale decir, un tipo repugnante. O sea, un verdadero buitre de cuarta. Pero con lo que este miserable no contaba era con lo que le está ocurriendo ahora con los títulos criollos. Es que no sólo no consiguió, a pesar de tener a la justicia yanqui a su favor, que le pagaran en Nueva York, sino que tampoco podrá hacerlo en Buenos Aires, por más que los argentinos hayan prestado su acuerdo para que así se hiciera. Y una vez más la decisión la ha tomado el juez Griesa, o sea ese anciano arrugado que atiende este caso y que tiene, evidentemente, particular inquina a los argentinos. En resumen, que el buitre que aparecía como el malo de la película, el fulano miserable que se aprovechaba de las insolvencias pasajeras que se manifestaban en un país del far south y sin otra importancia que haber salido subcampeón en el último Mundial de fóbal, pasa a ser ahora el gil al que tienen a los coscorrones y a los cachetazos, mientras se aleja cada vez más la posibilidad de hacerse de la guita y de ir a celebrarlo en algún cabarute de Manhattan al sur. Sin embargo tal vez el juez Griesa no haya sido tan malvado como hoy lo ven estos pobres buitres. Y que si le plantó un “no” rotundo a la posibilidad de que cobraran por ventanilla en el Nación, el hombre sabe por qué lo ha hecho. Es decir que lo suyo tal vez no haya sido solamente un acto de severa justicia, sino también de piedad. Porque este muchacho Griesa acaso haya estado alguna vez por acá o tal vez sepa, por algún hijo o alguna nieta que pasó por estas pampas con el propósito de gustar del mate y del dulce de leche, lo que le podría ocurrir al tipo que, con su papel casi moneda en la mano, se presentara a cobrar en ventanilla del Banco Nación. Porque que lo asalten al entrar o al salir del Banco es algo que puede ocurrir lo mismo aquí que en Shanghái; si alquiló un auto, tampoco es grave que un trapito le cobre un 50 o un 100 (dólar) por cuidárselo; si toma un taxi no es imposible que el tachero, al advertir que es un foráneo, a la hora de pagar se quede con el vuelto o le diga que la guita con la que pretende abonarle el viaje ya no corre y le asegure que ahora sólo valen los dólares o los euros. No, nada de eso es importante. Lo serio, el verdadero castigo por su atrevimiento de pretender cobrar, viene después. Primero, la cola en la ventanilla equivocada por la mala indicación de un ordenanza del Banco. Luego la cola verdadera, larga, larguísima, porque ahí cobran también los jubilados con la mínima y los afectados por la última inundación. Y finalmente, cuando llega a ponerse cara a cara con el cajero, el primer escupitajo moral. Porque, sin duda y luego de recibirle sus papeles, el cajero seguramente le dirá, con una sonrisa envuelta en odio: “Ajá, con que un buitre, ¿no?” Y luego de revisarle prolijamente los papeles y pedirle un sinfín de documentos y comprobantes, finalmente meneará la cabeza y dictaminará: “Si, está todo bien pero no es aquí. Vea (y acá hará un gesto como para desalentar al más pintado), va a tener que ir al segundo subsuelo, tercer pasillo, oficina 411, pero donde ahora no lo van a atender porque funciona en otro horario: de 8 a 9 de la mañana. Pero véngase a las 6, porque con esto del pago a los buitres como usted, se arman unas colas infernales. Ah –rematará cuando el hombre está por irse- ya pasó por la AFIP, ¿no? Porque si no tiene el OK de la AFIP no le van a pagar nada. ¿Y ya pasó por el Central? Por los dólares, ¿vio? Porque acá pagamos solamente en pesos. Ah, ¿trajo la declaración jurada? No me pregunte de qué, si el que viene a sacarnos la guita es usted. ¿O no? “Maestro –preguntó el reo de la cortada sin dejar de revolver su café con sacarina- ¿es cierto eso de que en los títulos argentinos hay una cláusula que dice que se pagarán el Día del Arquero?”

martes, 19 de agosto de 2014

Poema único Confieso que nunca en mi vida había escrito un poema. Pero esa tarde lo hice. Y cuento porqué. Ocurrió un domingo de primavera, una tarde soleada y cálida. Terminé de almorzar y decidí salir a caminar. Así fue como llegué, caminando por Rivadavia, hasta la Plaza de Mayo. Repito: era una tarde hermosa. Y la plaza estaba casi vacía. Me demoré unos minutos sentado en un banco, hasta que decidí pegar la vuelta. Pero ahora en subte. Bajé a la estación Plaza de Mayo, ingresé al andén, donde no había ni un alma y me metí en el primer vagón de una formación que ya estaba allí, esperándome. El vagón estaba vacío. Salvo el guarda, que era una mujer. Joven, morocha y bastante agraciada. Me senté en uno de los primeros asientos. Y no pude dejar de observarla. Porque su comportamiento era extraño. Abría la puerta del vagón y tocaba el pito, como hacen todos los guardas del subte. Pero entre estación y estación, no obstante la brevedad de cada recorrido, no permanecía junto a la puerta del vagón sino que se sentaba en el asiento más cercano. Y no sólo eso: asomaba la cabeza por la ventana. Como si desde allí, desde el túnel del subte, varios metros bajo tierra, pudiera verse otra cosa que paredes oscuras y sentirse algo más que el traquetear del tren sobe las vías. Entonces adiviné, supe de pronto qué le pasaba a aquella muchacha, guarda de subte, trabajando allí, en un túnel oscuro, una hermosa tarde de domingo y de primavera. Y así fue que cuando volví a casa, no me quedó otra que escribir esto. Que creo que es un poema. Y al que titulé de la única manera posible. LA EMPLEADA DEL SUBTE La empleada del subte quiere, / Que el tren suba a la superficie / Y vuele / Ver el mar y la Tierra / Y tomarse una foto con el tren / Cubierto de nieve. / Lo quiere volando hacia el sol / Sobre el bosque y la verde llanura / Con el viento en las sienes / Visitando estaciones que se llaman / Urano, Marte y Venus. / Dando vueltas en plazas repletas de chicos / Asomar un brazo por la ventanilla / Y sacar la sortija. / Lo quiere al tren repleto de flores / Que huela a rosas, jazmines y azahares / Y que las flores canten. / La empleada del subte sonríe / Sólo porque sueña.